En época de trágicas inundaciones,la imagen de una embarcación navegando por aguas peligrosas es apropiada. Se trata del gobierno de Colombia conducido por un capitán indefinible, y se trata, por supuesto, de la patria que amamos y queremos conservar.
Debo refrescar algunos conceptos (ya sabidos) para precisar lo que ocurre: El Estado es una entidad compuesta por la Nación,el grupo humano que comparte ideales comunes, cultura y creencias; un Territorio donde viven los habitantes; y un Sistema Político que establece la forma como se deben desempeñar las autoridades y los ciudadanos bajo el imperio de la Constitución.
En nuestra organización política existen varias ramas del poder público independientes,que deben actuar armónicamente: La Legislativa; la Ejecutiva o Gobierno; la Judicial y los Organismos de Control.
El presidente de la República es la cabeza de la rama ejecutiva cuyos deberes principales son cumplir y hacer cumplir la Constitución y las Leyes; defender la vida, honra y bienes de los ciudadanos; invertir los recursos públicos en la solución de los problemas de la sociedad; y responder por sus actos.
El presidente también es jefe del Estado, lo que significa que representa al país nacional e internacionalmente, y debe velar por su independencia, su dignidad y su respeto.Los miembros del Congreso y el presidente de la República son elegidos popularmente, y son “mandatarios” del pueblo, es decir, reciben un“mandato”del soberano de la República.
Por lo anterior, la conservación del orden público; la orientación de la economía; la salud, educación y seguridad; la infraestructura vial; las viviendas para los más pobres; la política agropecuaria y, en fin, todo lo que ayude al bienestar de la población dependen del Gobierno.Para atender esto, exclusivamente, el Congreso aprueba el presupuesto nacional que el gobierno prepara y ejecuta.
Pero, lo que vemos es a un presidente pendenciero dedicado a hacer política y a justificar la incapacidad y la corrupción de la administración, culpando siempre a otros de su inoperancia. Todos los colombianos, aunque algunos lo oculten, vemos cómo se destruyen los servicios que funcionaban aceptablemente; cómo se gasta el dinero público para favorecer a amigotes, y se nombra a miles de personas en empleos improductivos para convertirlos en votantes sumisos. Y, para cerrar, cómo se roba y despilfarraen lujos que ni los millonarios, que tanto critican, poseen.
Este gobierno es como una nave sin destino abordada por viajeros alegrones animados por algún maestro de ceremonias que paga todo de la caja fuerte de la nación, y comandada por un capitán que ha delegado sus deberes en personas ineptas, pero bien remuneradas.
Dejando atrás las ironías, cabe afirmar que Colombia no es su gobierno, ni el gobierno es Colombia. Todavía existen instituciones de las otras ramas del poder público que defienden a la nación. Tambiénhay muchos ciudadanos honestos y trabajadores que, superando las arbitrariedades gubernamentales, generan empleos formales, pagan los impuestos que el gobierno dilapida, y mantienen la esperanza de que este desastre termine el 7 de agosto.
Dado el desorden electoral que se ha enraizado en nuestro sistema político, las elecciones venideras no son un asunto de politiquería, son eventos en los que se pondrá en juego la supervivencia de Colombia.
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