Los líderes mundiales y los organismos internacionales, deberían hacer un llamado urgente que permita abordar la impresionante crisis migratoria que está viviendo el mundo, y que somete a crueles sufrimientos a una gran parte de la población que se ve forzada a emprender otro camino que les permita por lo menos la subsistencia, o la protección frente a una amenaza inminente.
Hoy en día se considera, que una de cada ocho personas en el mundo, una cifra de casi 1.000 millones, son migrantes; es decir, han tenido que verse obligados a desplazarse por múltiples motivos, como el hambre, la carencia de empleo, los fenómenos climáticos o la violencia política, entre otros.
Y lo que resulta más grave aun, es que el fenómeno se ha duplicado desde 1990, sin que existan hasta el momento acciones concretas que nos lleven a pensar que el mundo está realmente preocupado por el terrible fenómeno.
Los países que suelen ser objeto de destino de los desplazados, piensan cada vez más en aplicar políticas drásticas de represión para impedir que lleguen nuevas personas a su entorno, pues afectan sus sistemas de salud, comprometen las políticas de empleo e incrementan la inseguridad en sus territorios; pero lamentablemente no se han puesto a la tarea de velar por el diseño de unos correctivos que permitan crear condiciones dignas para que las personas no se vean obligadas a abandonar sus regiones de origen.
En el caso colombiano, tenemos un doble panorama: por un lado, debido a la crisis económica y a los conflictos políticos y sociales que se viven, se han visto obligados a abandonar el país, en los últimos dos años, 1,3 millones de personas, en donde las cifras en España, conocidas esta semana, nos indican que este año los migrantes colombianos serán la mayoría, sobrepasando a los tradicionales representados por Marruecos y Ecuador.
Por otro lado, la cercanía con Venezuela, le ha significado afrontar terribles situaciones derivadas de la profunda crisis política y económica que ha padecido el vecino país, en donde en las últimas dos décadas pasó de ser una nación rica, a una extremadamente pobre, a la que se le suma un conflicto político que lo ha marcado por una violencia extrema que pone en peligro la supervivencia de la población, y en donde se estima que casi nueve millones de personas han tenido que abandonar el territorio, de las cuales tres millones se han instalado en Colombia.
Por Dios, esta terrible crisis migratoria hay que detenerla con urgencia con programas concretos que impliquen atacar los verdaderos elementos causantes del problema. Una política represiva lo que hace es ahondar el sufrimiento y acrecentar las víctimas. Nadie podrá dormir tranquilo al pensar que una parte tan importante de la población mundial sufre y pone en riesgo grave su existencia.
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