En medio de grandes diferencias, Trump y Petro tienen unos puntos en común, no por lo que piensan, sino por su modo de ser y de verse a sí mismos. Ambos hablan, se comunican en términos de amenazas; se presentan amenazantes. En las razones para ello, sin embargo, son bien diferentes. Trump lo hace para demostrar que él es el que manda, en medio de sus ataques permanentes de vanidad; pero cuando de negocios se trata, aparece su elemento pragmático, característico del hombre de negocios que él reconoce ser y valora, por encima de todo.
Su procedimiento es ofrecer barato para luego mejorar la propuesta inicial y salir ganando, mientras que el otro considera que también gana, porque le mejoraron la propuesta inicial que le hicieron. Pero ojo, no es un gana – gana entre iguales, sino el señuelo para que el más débil muerda el anzuelo del más fuerte para así poder acceder al negocio, donde el poderoso… se quedará con la tajada grande.
Las invitaciones presidenciales de Trump le cambian a los invitados su actitud y sus declaraciones sobre el Presidente. Delcy Rodríguez y Gustavo Petro son ejemplos destacados de esta situación. Lo de Delcy parece como si hubiera sido cuadrado a espaldas de Maduro, a partir de reconocer que el camino se había agotado y el gobierno estaba cada vez más vulnerable y amenazado. Sin embargo, Trump ha insistido en que controlará a Venezuela, en su poder y su economía, el tiempo necesario para, según él, poner a salvo sus intereses y recuperar el petróleo que es de ellos y se los había quitado el chavismo. Con Trump nunca se conocen sus verdaderas intenciones con sus declaraciones al aire.
El gobierno venezolano, sin margen de maniobra, ha sido prudente en este punto. Los petroleros le bajaron el entusiasmo a Trump, pues son realistas y van a ir con calma porque la situación del negocio en Venezuela está muy desbarajustada por el desgobieno y la arbitrariedad chavista; para completar, el escenario petrolero mundial no está claro. Y Trump permanece encapsulado, nostálgico del mundo de los sesenta, que no volverá por más que él lo pretenda. No concibe que el mundo no sea trumpista y que no le obedezca ciegamente a sus caprichos. Lo de Petro es más abstracto, se mueve en el nivel del discurso.
Considera que Trump más que un peligro para Colombia, en lo que tiene razón, lo es para la vida, la biodiversidad y la naturaleza. Ese planteamiento es impecable y se debería apoyar con entusiasmo, pero nos encontramos con que más allá de un discurso ampuloso, dirigido a la humanidad y a la vida en el planeta, no convoca ni orienta a la acción; está concentrado en un diagnóstico ampuloso dirigido al mundo, a la humanidad, pero vacío del qué y del cómo hacer , quedando reducido a un fuego de artificio, fatuo, como la pólvora de los momentos iniciales del año que, por un momento, engalana la noche que, rápidamente regresa a su oscuridad habitual. Es lo extraordinario y lo fugaz, que no transforma.
Ese es Petro en política, con más o menos la tercera parte del electorado, que está acompañando a Iván Cepeda en su pretensión presidencial. La gran pregunta es cómo reorientar la propuesta y la acción política hacia los grandes temas de la sociedad, grandes por su importancia, pero concretos en su formulación y ejecución, que no está en manos providenciales, de caudillos iluminados sino en el esfuerzo ciudadano organizado en torno al logro de objetivos concretos de interés ciudadano. Urge una política para estas realidades. No se puede esperar que revivir, si eso es posible, la política de hace cuarenta o cincuenta años. El Estado, la sociedad y los ciudadanos ya no somos los mismos de entonces. Urge una política para los nuevos tiempos que vivimos.
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