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Columnistas
La ciudad de los sentimientos
De la grandeza a la agonía y de allí a la recuperación y la gloria.
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Miércoles, 22 de Abril de 2026

La única avenida Cero del mundo, la frontera más dinámica, las brisas del Pamplonita, y también del Zulia y el Táchira, la gente más cálida que su clima, los cortados de leche de cabra, los pasteles de garbanzo y mute los domingos. El café, el cacao, el ferrocarril, el terremoto de 1875, la vitrina comercial de Colombia, la perla del norte, la tomadera de pelo, la crisis migratoria y el día a día violento que no deja de sorprender.

Grande como su pasado, cuna de la república y de la Gran Colombia, la concesión Barco, el rojo y el negro, el Contento, el Salado, el Páramo, la bola del palacio, la ciudad verde, el doblemente glorioso, campeones de gimnasia, Cote Lamus, Gaitan Durán y Morales García también escriben por amor. Venezolanos, sirios, palestinos, libaneses, alemanes, italianos y motilones barí, pero todos con pedigrí de alta alcurnia.

De la grandeza a la agonía y de allí a la recuperación y la gloria, de los megaproyectos a 27 años de condena por homicidio, pasando por la impopularidad y las investigaciones por corrupción e irregularidades en la contratación a la esperanza en Cúcuta 2050 y hoy a la perseverante, segura y productiva, de lo formal a lo informal depende de sus ciudadanos ser lo mejor o peor en este entreverado complejo, efervescente y confuso.

Vivimos colectivamente, pero sobrevivimos individualmente allí donde converge el latir constante de sus conflictos en medio de la erosión, las arcillas expansivas y el inclemente sol a 27 grados cuando hay suerte y donde se encuentran dos naciones y se materializan tanto sus sueños como sus frustraciones, incertidumbres y esperanzas. De los recuerdos del pasado y la infancia quedan algunos árboles porque esas cosas de la ciudad no son sus calles o edificios sino cosas que significan otras cosas. Allí donde nacimos, crecimos, aprendimos, lloramos y sangramos, pero también amamos y aportamos.

Por qué la historia de la ciudad es una historia de violencia: construye sobre su pasado para proyectarse al futuro y edificamos sobre el entorno natural, trazando vías como cicatrices y ni hablar del impacto causado por el masivo consumo de suelo, agua y energía y aumento de la huella de carbono, porque no hay arquitectura sin violencia, así como no hay carpintería sin leñador o alta cocina sin carnicero y matarife. Y así como muchas veces es necesario el olvido para poder sobrevivir, la ciudad y su arquitectura requieren la práctica quirúrgica y minuciosa de intervenir sobre su pasado para poder avanzar.

Pero este relato que retrata el panorama contradictorio que ensombrece las tribulaciones, incógnitas y dilemas de la Noble, Leal y Valerosa que aún se percibe como un pueblo que amalgama barrios e invasiones yuxtapuestos en medio de su realidad metropolitana y fronteriza, en un viaje impreciso y azaroso a bordo de esta partícula cósmica, donde el optimismo y normalización de lo mínimo no garantiza la llegada a feliz puerto.

Pero, al fin y al cabo, algunos arquitectos amamos las ciudades, aunque en algunas ocasiones Cúcuta me ha correspondido y me despierta sentimientos encontrados, la presencia de la familia agita el pecho y sigo queriendo esta ciudad porque aquí crecí, porque voy y vuelvo y por qué acá están quienes pienso cada mañana y a quienes amo y amaré que están entre mis recuerdos y mi corazón.


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