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Felices a la fuerza
Ahora el Estado quiere ordenar qué come la gente, qué toma, a qué distancia vive de su farmacia y cuál es el grado de libertad de las gallinas que ponen los huevos que consume.
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Lunes, 25 de Mayo de 2026

En 1932, Aldous Huxley publicó Un mundo feliz. Allí imaginó un Estado que hacía felices a sus ciudadanos de manera tan perfecta que estos dejaban de necesitar la libertad. Anticipó una sociedad como una gran cárcel sin muros, en la que a los presos jamás se les ocurriría escapar. Pero no llegó a imaginar impuestos “saludables”, ni la distancia mínima obligatoria entre droguerías, ni el huevo de gallina libre de jaula, también obligatorio.

Ahora el Estado quiere ordenar qué come la gente, qué toma, a qué distancia vive de su farmacia y cuál es el grado de libertad de las gallinas que ponen los huevos que consume. En Islandia decide, incluso, cómo deben llamarse los niños. Existe una lista oficial y, si alguien quiere un nombre distinto para su hijo, debe solicitar permiso a un comité gubernamental. Ese comité, en defensa de la “protección cultural”, decide lo que es adecuado.

El que sueña con poner impuestos a los tamales y a las hayacas, no pavimenta las vías, no ejecuta el presupuesto de salud y no llega a fin de año sin un escándalo de corrupción. Organiza fiestas que cuestan lo que una escuela o un puesto de salud. Sus contratistas facturan lo que no construyen. Y, con esa moral flexible que diseñó para sí mismo, explica sin sonrojarse que la gaseosa es un peligro público. Quien carece de disciplina para exigirse acaba exigiéndoselo a los demás desde un ministerio.

Cada vez es más rentable para ellos hacer creer que saben lo que conviene a los demás, repetirlo con convicción y luego hacerlo obligatorio. No son necesarios los resultados, porque con las intenciones basta. Y, si de pronto se hace evidente que los resultados prometidos no llegan, siempre habrá alguien más culpable que el que los mira desde el espejo. A partir de allí, nuestro deber es ser felices a la fuerza.

Mientras tanto, el consumidor habitual de una tienda se enfrenta a un sobreprecio cuando va a comprar un producto que hace parte de su dieta diaria. Reduce su consumo porque no hay bienes sustitutos, porque lo que comió y tomó toda la vida ahora es más caro y el tendero, que lleva veinte o más años vendiendo lo que sus vecinos le piden, se enfrenta a la caída en las ventas. Lo llaman impuesto saludable, pero la salud del tendero parece que no era tan importante.

Recientemente se revivió la muy sesentera orden de cumplir con distancias mínimas entre farmacias, que dejará sin droguerías a los barrios populares. Y, como si fuera poco, algunos quieren que solo consumamos huevos de gallinas libres. Por virtud de una ley o de un acto administrativo, llegará el día en que tengamos que decir adiós a las gallinas tristes.

En aquella novela de Huxley, el soma era una droga que el Estado fabricaba y distribuía gratuitamente para que nadie sintiera dolor, angustia ni descontento. Sus ciudadanos la tomaban sin preguntar. Eran felices y no necesitaban ser libres. Ahora el soma no es necesario, porque para eso están las políticas públicas.


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