En un bosque polvoriento, atravesado por una frontera invisible que todos transitan, pero nadie reconoce, se anunció con solemnidad la elección de los nuevos Guardianes del Territorio. Era un rito vetusto, repetido cada cuatro lluvias, en el que los animales fingían sorpresa y los depredadores fingían modestia mientras afilaban los colmillos con la serenidad del que sabe que el festín es periódico.
El bosque era rico en arcilla, carbón y cacao; y pobre en oportunidades. Tenía ríos que a veces se desbordaban, como las promesas de los predadores; vivía entre el comercio formal que pagaba impuestos y el comercio nocturno que pagaba favores. Allí, legalidad, informalidad e ilegalidad compartían sendero, como las trochas que pululan en la espesura y que, a veces, como agujeros negros, devoran especies que nunca regresan.
Los primeros en postularse fueron los leones de linaje. No necesitaban campaña: su apellido rugía antes que ellos; eran herederos de la gran roca del poder, esa que cambia de ocupante, pero no de dueño, y hablaban de desarrollo y de convertir el polvo en destino turístico. Juraban que ahora sí terminarían las obras que llevaban años inaugurándose sin estar listas.Después llegaron los zorros: hábiles, prudentes, expertos en cruzar la frontera sin dejar huella. Se declaraban independientes, aunque su independencia duraba lo que una reunión privada y prometían transparencia mientras tejían acuerdos en la sombra. Eran estrategas del equilibrio: nunca tan cerca del poder como para quemarse, nunca tan lejos como para perderlo.
Los pavos reales progresistas desplegaron sus plumas. Denunciaron las garras del poder y prometieron justicia para las ardillas y dignidad para los burros. Pero cuando el viento soplaba desde la roca central, sus colores se ajustaban con admirable flexibilidad. En ese bosque, la coherencia era una virtud climática.
Y estaban las hienas. No aspiraban a la roca; aspiraban al reparto. En las noches previas al voto recorrieron los senderos repartiendo carne salada, monedas y promesas inmediatas. No ofrecían futuro; ofrecían alivio,y en un territorio donde el hambre es más urgente que la institucionalidad, el alivio se impone sobre la ética. Las hienas nunca pierden: ganan cuando gobiernan los leones y ganan cuando los reemplazan.
Los burros del bosque, que cargaban el carbón, cruzaban caminos destapados y escuchaban cada cuatro años la misma letanía de redención, votaron con la mezcla habitual de esperanza mínima y resignación máxima. Sabían que algo cambiaría en la superficie, pero dudaban que cambiara la raíz.
Ganaron varios. Un joven león encarnó la renovación: melena fresca, discurso digital, marketing impecable. Mucha estética, palabras suaves, promesas envolventes. Las hienas aplaudieron primero y los zorros fueron convocados a asesorar. Un zorro, en particular, se proclamó defensor de los vulnerables mientras administraba su propia vanidad con destreza escénica. Los pavos reales obtuvieron visibilidad institucional y los camaleones hijos de Fouché, encontraron nuevo tono sin el menor rubor.
El bosque siguió igual.
Porque lo que se alterna no es el modelo, sino los nombres.Lo que se renueva no es el poder, sino la fotografía.Lo que cambia no es la estructura, sino el colmillo que aprieta. El bosque siguió siendo negocio para pocos y obstáculo para muchos, la informalidad continuó siendo refugio y condena al mismo tiempo. El empleo siguió siendo promesa y el mérito, una anécdota.
En este bosque que alguna vez fue paso de comercio abundante, que vivió de la vecindad próspera y luego de su cierre abrupto; en este bosque donde la migración fue primero oportunidad y luego tensión; donde la economía aprendió a sobrevivir en la sombra; donde los clanes cambiaron de generación, pero no de costumbres… la democracia se volvió ritual y la alternancia, cosmética.
Aquí no fracasa la elección, aquí fracasa la transformación. En el bosque fronterizo no faltan candidatos, lo que sobra es costumbre.Y mientras la política sea administración del reparto, el bosque seguirá votando con disciplina… y viviendo con resignación.
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