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Esperanza radical
Tal vez se trate, primero, de algo más elemental y difícil: no renunciar a la posibilidad de que, después de este tiempo oscuro, algo vuelva a pasar. Y que ese algo, aunque aún no sepamos nombrarlo, valga la pena.
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Miércoles, 21 de Enero de 2026

Un mundo contemporáneo donde la historia parece haberse vuelto hosca. La sociedad se estremece entre liderazgos que reactivan el miedo, democracias que se erosionan desde dentro y guerras que vuelven cotidiano el oprobio. En Colombia, la polarización carcome la conversación pública y regiones como el Catatumbo siguen atrapadas en una violencia que se recicla, muta y persiste. En medio de este paisaje, la desesperanza no llega como ruptura, sino como un cansancio: la sensación de que, pase lo que pase, nada cambia.

Jonathan Lear, en Radical Hope, propone una idea perturbadora y profundamente actual: hay momentos históricos en los que no es que las cosas vayan mal – porque siempre han estado así o peor, en los ámbitos de las percepciones generacionales/existenciales-, sino que los marcos mismos que daban sentido a la acción se derrumban. Su punto de partida es una frase del jefe indígena PlentyCoups, líder de la nación Crow, quien al recordar la desaparición del búfalo y el confinamiento de su pueblo en reservas dijo: Después de eso, nada pasó”. No hablaba de inactividad, sino de algo más grave: las categorías con las que entendían el mundo dejaron de funcionar.

Cuando un modo de vida colapsa —dice Lear— no solo se pierden territorios, ingresos o instituciones; se pierde también la capacidad de imaginar el futuro. La esperanza tradicional, basada en expectativas conocidas, deja de ser posible. En su lugar aparece lo que el autor llama esperanza radical: la disposición ética a seguir actuando sin saber aún qué significará “vivir bien” en el nuevo mundo que emerge.

Esta idea resulta incómoda, porque nos obliga a aceptar que no siempre sabemos hacia dónde vamos. Pero también es política. En sociedades como la nuestra, el problema no es solo la violencia o la desigualdad; es la erosión del sentido compartido. Cuando amplios sectores sienten que cumplir la ley no sirve, que participar no transforma y que el esfuerzo no se traduce en dignidad, lo que se rompe no es solo la confianza institucional, sino la imaginación colectiva.

El Catatumbo es un ejemplo doloroso. Durante décadas, distintas comunidades han aprendido a sobrevivir en medio de la guerra, pero sobrevivir no es lo mismo que proyectar futuro. Allí, como en otros territorios periféricos, el desafío no es únicamente implementar programas o desplegar fuerza pública, sino reconstruir condiciones para que la acción vuelva a tener sentido. Sin eso, cualquier política pública se vuelve un trámite vacío.

Lear muestra que PlentyCoups no respondió al colapso con nostalgia ni con negación. Entendió que ya no era posible “vivir como antes” y tuvo el coraje —una forma distinta de coraje— de abrirse a aprender, escuchar y crear nuevas formas de vida para su pueblo. No sabía cómo sería ese futuro, pero asumió la responsabilidad de no clausurarlo.La esperanza radical atañe a la virtud aristotélica del coraje, pues implica asumir riesgos y tomar decisiones fundamentadas en buen juicio, aún ante la incertidumbre y el peligro existencial.

Ahí está, creo, una lección urgente para nosotros. En tiempos de incertidumbre radical, la acción colectiva no puede basarse solo en promesas conocidas ni en recetas heredadas. Requiere una ética de la transición: cuidar lo que somos sin quedarnos prisioneros de lo que fuimos. La esperanza radical no es optimismo ingenuo; es la decisión de sostener lo común incluso cuando el horizonte se vuelve borroso.

Tal vez hoy, cuando todo parece trabado, cuando el ruido reemplaza al diálogo y la violencia vuelve a imponerse, no se trate de esperar grandes giros inmediatos. Tal vez se trate, primero, de algo más elemental y difícil: no renunciar a la posibilidad de que, después de este tiempo oscuro, algo vuelva a pasar. Y que ese algo, aunque aún no sepamos nombrarlo, valga la pena.


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