María es como de la casa, como la madre, como la modestia del pan, como cualquiera de las hebras del tejido de su rueca y está, siempre, presente en el gesto amoroso de su génesis maternal.
Su corazón es un huerto regado de semillas de fe y esperanza que -una vez cultivadas- brotan en las almas piadosas, o en las oraciones íntimas, especialmente en el rezo del santo rosario.
Y María es de mayo, un mes en el cual las estrellas descienden más lentas, como tupiendo el camino de la virgen o recordando su virtud, tan sencilla como su telar y las tradiciones familiares, con una sensación de altar celeste y de santidad humana -simple-, sin tanta teología…sólo hecha de amor.
Es un tiempo bueno que, desde la antigüedad, se hizo para las diosas, Artemisa en Grecia, Flora en Roma, para los frutales y la fertilidad, para los juegos de flores y las cosechas, para el anuncio de la primavera.
Y María nos abraza con esa intención filial que se hizo costumbre y -a la vez- profecía e intercesiones, porque nos protege cariñosa con su manto, su bondad y su corona, hecha de flores hermosas, que la entroniza como nuestra reina universal.
La luz se recoge en los velos de su ornamento, muy luminosa, como esa titilante sombra de Dios que se despliega en su sonrisa…tan bella. (El sabio Padre Atienza me decía que uno sólo necesitaba dos cosas en la vida: La Madre y la Misa).
En mayo la alegría se da en todo, en los hogares, en los cantos, en las devociones, en apariciones y milagros, en fin, en las advocaciones de su bendición.
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