Una palabra bonita plagia el pensamiento puro, nos hace anhelar la belleza y, las más de las veces, volver a soñar lo que ya tenemos y hemos perdido por andar tras las huellas de la superficialidad.
La palabra nace como una crisálida de mariposa, en cuna de colores, en un paraíso de presentimientos, o como un fruto prohibido que cuelga -milagroso y sagrado-, de las ramas de un árbol inteligente.
Y nos enseña a pensar en quien no está, a decidir, pero, en especial, a vivir en un mundo absolutamente personal, el más importante, a compartirlo...de vez en cuando, y a construir distancias.
Y cuando se agrupa con otras, en versos, en oraciones, en cantos, en fin, siembran una huella de afecto, nos enamoran, porque caen al alma, se vuelven viento y se lucen para apasionarnos… (A veces, son crueles).
Pero, indudablemente, están hechas de sol y luna, y nos cubren a menudo, con su guardiana, la soledad, y se vuelven espejos imaginarios, íntimos, de profecías de vida que son como pájaros azules oteando el horizonte…a ver dónde se posan.
Y nos abren a dimensiones que, de otra manera, nunca conoceríamos, porque son voz en el silencio -donde suenan mejor- y tienen los ojos cerrados para no ver sino sueños, o ángeles…o poetas, a quienes admirar.
A veces pienso que son de aire, que se van y vuelven en un maravilloso destino de luz que nunca se desvanece, y que se rondan a sí mismas…entre las palabras peregrinas que van a la eternidad.
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