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El péndulo
Álvaro Uribe y Gustavo Petro metieron a buena parte de los colombianos en la barahúnda de dividirse entre fanáticos de derecha y de izquierda.
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Viernes, 2 de Enero de 2026

Cada cuatro años en Colombia, decimos que nunca se había vivido una incertidumbre política tan compleja, pero, cuando llega la siguiente elección, nos damos cuenta que la anterior jamás lo fue tanto como la que estamos próximos a vivir.

En un país acostumbrado a ser gobernado desde el centro político, a veces un poco a la izquierda, otras más a la derecha, pero siempre en el centro, la llegada de dos importantes protagonistas políticos de este siglo, Álvaro Uribe y Gustavo Petro, metieron a buena parte de los colombianos en la barahúnda de dividirse entre fanáticos de derecha y de izquierda. Y, sus mesiánicas posiciones, han logrado convencer a muchos de que, con ellos, se dio el primer día de la creación de Colombia y han dado pie para que surjan mediáticos y altisonantes seudo líderes que prometen como por arte de magia, acabar con los males que nos aquejan.

Sin embargo, todas las encuestas muestran que la intención de voto del gran porcentaje de colombianos se ubica en el centro político, no propiamente detrás de un líder de esta orientación, sino por la indecisión que los embarga.

Hoy, parece que a las urnas irá a votar el miedo y el odio. Y, así vamos, como un péndulo, moviéndonos de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Olvidamos que ni Álvaro Uribe acabó con la guerrilla, pero si se llevó por delante buena parte de la credibilidad de las instituciones, muchas de las que utilizó para su reelección. Ni Petro logró su paz total, la que solo alcanzó en sus populistas discursos, como cuando prometió acabar con el ELN, a los tres meses de llegar a la presidencia.

Son nuestras instituciones, las que, con todo y sus falencias, sostienen nuestra democracia: las cortes, la Banca Central, el Congreso, la Fiscalía, los órganos de control, la Registraduría y tantas más. Y, son esas mismas instituciones las que deberán tener ajustes profundos para adecuarlas a los siguientes setenta y cinco años que restan de este siglo y poder actuar con eficiencia y eficacia.

Ha sido entonces, la tripartición del poder el muro de contención ante los embates autoritarios de nuestros mesías. No en vano el art. 16, de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, reza: “Una sociedad en la que no esté establecida la garantía de los Derechos, ni determinada la separación de los Poderes, carece de Constitución”.

Esa Constitución, la de 1991, a la que con sofismas de constituyente se ha pretendido reformar para hacerla a su medida, sin siquiera dejarla madurar y que, a la fecha, ha sufrido 56 reformas. La anterior, la de 1886, en ciento cuatro años, se reformó 70 veces. Y, en vía de comparación, la Constitución de los Estados Unidos, vigente desde 1787, se ha enmendado apenas 27 veces.

Volviendo al péndulo político, la recién y contundente elección de José Antonio Kast, en Chile; las elecciones legislativas en Argentina, refrendando el derechista gobierno de Milei; la reelección de Nayib Bukele, en El Salvador; la elección de Daniel Noboa, en Ecuador, cercano a las políticas de  derecha; la derrota del Movimiento al Socialismo –MAS-, de Evo Morales, en Bolivia, eligiendo a Rodrigo Paz, de centro derecha e hijo del ex presidente Jaime Paz Zamora; en Panamá, Raúl Mulino; en Paraguay, Santiago Peña; en Honduras, Tito Asfura, son algunos ejemplos de la manera como el péndulo se viene moviendo hacia la derecha política, en América Latina.

Mención especial, merecen las dictaduras parias de Nicolás Maduro, en Venezuela, en donde si las predicciones se cumplen, pronto será reemplazado por Edmundo González Urrutia, en orilla opuesta al chavismo; del castrismo, en Cuba; de Daniel Ortega en Nicaragua.

Quedando en la escena política de izquierda en América Latina, los gobiernos de Lula Da Silva, en Brasil; Gustavo Petro, en Colombia; y Claudia Sheinbaum, en México.

En Estados Unidos, ya sabemos que tendencia política gobierna. En Europa, países como Hungría, Italia, Francia, Austria, Polonia, Suecia, entre otros, reemplazaron recientes gobiernos de izquierda o centro izquierda.

En Colombia, podríamos estar enfrentando una situación similar, según las encuestas. El problema, es que, si bien hemos ido exorcizando el embrujo del discurso populista de izquierda, sin mayores análisis poco a poco estamos hipnotizándonos con el populista discurso de la ultraderecha.

Y, al parecer, los colombianos estamos nuevamente condenados a la disyuntiva de elegir un presidente de entre dos candidatos buenos para echar discursos, pero inexpertos en la administración pública y todo lo que conlleva. Ninguno de los dos punteros en las encuestas presidenciales ha administrado tan siquiera un parqueadero o un edificio, con el riego de someter al país a la improvisación y al desgreño al que la actual y agonizante administración, nos mantuvo estos cuatro años.


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