Colombia ha logrado lo impensable: mantenerse firme en el mapa mundial del hambre del Programa Mundial de Alimentos (PMA) para este 2026. Con 6,6 millones de personas en inseguridad alimentaria aguda, la situación está más enredada que un bulto de anzuelos. Aunque "mejoramos" frente a los 8,1 millones del 2025, seguimos en la zona de alerta, mientras nuestro Presidente Petro insiste en que la prensa tiene los ojos al revés.
Entre tanto, su ungido sucesor en campaña recorre el país prometiendo manjares, cuando en la frontera sabemos que "el que se devuelve se desnuca": no se puede retroceder cuando el estómago está pegado al espinazo.
Los indicadores económicos parecen diseñados por el enemigo. La inflación del 5,56% —que dejó al Banco de la República con los crespos hechos y su meta del 3% en el olvido— y un crecimiento del PIB de un lánguido 2,3%, tienen a la nación "ni lavando ni prestando la batea". El desempleo, estancado en el 9,2%, es el sello de una gestión que habla de "vivir sabroso" mientras el ciudadano de a pie se pregunta si ese "sabroso" viene con sal o es solo retórica.
Lo de la vivienda es una tragicomedia: el patrimonio inmobiliario sube por ascensor mientras los salarios van por la escalera. El Banco Emisor celebra que el ladrillo es oro, pero para el colombiano común, comprar casa hoy es "querer amarrar el burro con un hilo": una ilusión que se revienta al primer tirón de la realidad física y logística del país.
La presión fiscal ha convertido la gasolina y el ACPM en artículos de lujo, todo por el afán de tapar el hueco fiscal mientras el heredero del cambio asegura, con una ironía que muerde, que estamos salvando el planeta. A esto se le suma el Fenómeno del Niño, que amenaza con dejarnos más secos que un desierto guajiro.
En cuanto a la seguridad, la situación está "más caliente que lengua de suegra". La violencia en el suroeste colombiano ha provocado que hasta el Papa León XIV levante la voz desde el Vaticano. Es curioso: mientras el candidato oficialista habla de una "era de paz" en sus vallas publicitarias, la realidad en las regiones es que la paz está más embolatada que un peso en manos de un político.
A pesar del discurso de transición energética que sataniza el crudo, el país sobrevive gracias a él. Hay un "positivismo" de bolsillo gracias a las remesas (US$13.908 millones en 2025), dinero que llega de afuera porque aquí el trabajo escasea. Somos el exportador número 19 del mundo, vendiendo 735.000 barriles diarios, una cifra que el gobierno gasta con gusto pero critica con asco.
Mientras el conflicto entre EE.UU. e Irán pone el Brent a bailar —subiendo a US$118 y bajando a US$114 en un abrir y cerrar de ojos—, aquí seguimos dependiendo de que el dólar no se dispare más allá de los $3.700, porque si el billete verde estornuda, a la frontera le da neumonía.
Al final, entre café, banano y petróleo, Colombia sobrevive a pesar de su dirigencia. El "heredero" sigue en campaña prometiendo el cielo, pero por ahora, los colombianos seguimos aquí, aguantando el chaparrón sin paraguas, esperando que la incertidumbre, por fin, deje de dar frutos amargos.
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