Mientras persiste el bullicio de Año Nuevo, muchos pasamos por alto el 1 de enero, fecha que marca la liberación de obras artísticas y literarias para uso público. No es solo un tecnicismo legal, sino una puerta al patrimonio cultural. En 2026, Colombia lo celebra con énfasis especial, aunque a menudo queda opacado por las fiestas.
Este día, reconocido globalmente, permite el acceso libre a creaciones que superaron su periodo de protección, fomentando la difusión del conocimiento. Se basa en el Convenio de Berna, firmado en Suiza en 1886 y actualizado en 1979. En Colombia, la Biblioteca Nacional (BNC) aplica la norma local: 80 años tras la muerte del autor. Para 2026 se analizaron autores fallecidos en 1945, aunque todavía depende mucho de instituciones públicas, mientras el involucramiento privado podría ampliar su impacto.
La BNC colaboró con la Fundación Conector, publicando listas en formato CSV de autores y obras. Esto facilita la clasificación y el acceso a los datos, pero en un país digitalmente desigual aún hacen falta herramientas educativas que permitan a estudiantes y creadores aprovechar este material.
Destaca Luis Antonio Calvo, santandereano cuya vida y obra marcaron la música colombiana. Su liberación permite reinterpretaciones en conciertos, aulas o remixes, respetando la autoría moral. Otros compositores que también ingresan a esta etapa de libre uso son Arturo Patiño, Francisco Diago Cotaire, Fulgencio García y Martín Alberto Rueda. En literatura, entran Margarita María Fonseca Silvestre, Alfonso Villegas Restrepo, Jesús María Henao, José de la Vega, José Restrepo Jaramillo, Laureano García Ortiz, Pascual Guerrero Marmolejo y Sixto Mejía. Sus aportes fortalecen nuestra cultura y diversidad de voces, aunque merecían mayor visibilidad en vida.
Además, figuras de la política y las artes plásticas como José María Castro Valle (fotógrafo), Lucindo María Espinosa Medina (arquitecto) y Andrés de Santa María (pintor), también forman parte de este acervo abierto. La BNC invita a explorar estas creaciones para la educación, la innovación y la preservación cultural.
El acceso libre a la cultura no es solo un concepto legal: es un llamado a actuar. Permite que la música, la literatura y las artes plásticas se reintegren a la vida cultural sin barreras, estimulando la creatividad y el aprendizaje. Sin embargo, nuestra respuesta sigue siendo tímida: su integración en escuelas, colegios, universidades y redes sociales podría fortalecer nuestra memoria colectiva y evitar que se pierda entre el ruido de las celebraciones.
Esta es, sin lugar a dudas, una oportunidad para abrir la puerta a nuestro patrimonio, reinterpretar obras y compartir conocimiento. Aprovecharlo implica reconocer que la cultura no pertenece solo a especialistas ni a instituciones: nos pertenece a todos. Más allá de los brindis y propósitos de Año Nuevo, vale la pena detenerse y celebrar la libertad de creación que nos dejaron quienes nos precedieron.
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