A veces, el ruido cotidiano impide escuchar las voces que realmente tienen algo que decir. En estos días de reflexión de Semana Santa, siguiendo una recomendación llegada desde Europa, emprendí un viaje sin maletas, pero lleno de silencio: la lectura de Albalucía Ángel Marulanda y Ángela Becerra. Me sumergí en “Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón” y en “De los amores negados”. Lo encontrado no fueron solo novelas, sino dos maneras profundas de acercarse a nuestra memoria.
Comencé con Albalucía Ángel, nacida en Pereira en 1939. Leerla es entrar en un torbellino narrativo donde no existen frases cómodas ni estructuras lineales. Todo aparece fragmentado, como sucede con los recuerdos de la infancia y con las heridas que deja la violencia. Impresiona su capacidad para retratar el instante en que la inocencia infantil se enfrenta al país convulso. No necesita adornos para mostrar la crudeza del Bogotazo: le basta una polifonía de voces que instala al lector en medio del caos.
Su vida nómada, repartida entre ciudades de Europa y América, le ha permitido mirar a Colombia con una distancia lúcida. Muchos la consideran una figura decisiva de la narrativa moderna colombiana. Durante años circularon rumores absurdos que intentaban disminuir su mérito, insinuando apoyos ajenos en su escritura. Sin embargo, basta leerla para reconocer una voz radicalmente propia, disruptiva y adelantada a su tiempo. Ella misma confesó haber pasado “como Juana por la hoguera” por la franqueza de sus libros. En 2025 su novela más reconocida cumplió cincuenta años, renovando el interés por su obra.
Después llegué a Ángela Becerra, caleña nacida en 1957. Si Albalucía representa el estruendo de la historia, Ángela trabaja desde la intensidad emocional. En “De los amores negados” aparece una escritura donde el sentimiento adquiere una dimensión casi simbólica. Su trayectoria también revela valentía: dejó una carrera consolidada en la publicidad europea para dedicarse por completo a escribir.
Esa decisión fue recompensada con reconocimientos como el Premio Azorín, el Planeta Casa de América y el Fernando Lara, además de traducciones a numerosos idiomas. Vive en Cataluña junto a Joaquín Lorente, también referente del mundo publicitario. En sus novelas se percibe una precisión estética singular y un dominio del llamado “realismo lógico”, donde la emoción convive con imágenes cuidadosamente construidas.
Termino estas lecturas con una certeza: ambas escritoras merecen mucha más visibilidad. No por una cuota ni por discursos pasajeros, sino porque su literatura sostiene parte de lo que somos. Una ayuda a recordar de dónde venimos; la otra enseña a reconocer lo que sentimos.
Ambas han construido puentes que deberíamos cruzar más seguido. Si buscan algo que realmente conmueva en estos tiempos de introspección, aquí tienen dos caminos: yo ya los recorrí, y les aseguro que el regreso nunca vuelve a ser igual. Las recomiendo sin reservas.
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