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Cúcuta a la sombra de sus árboles
"Quién siembra un árbol, no lo hace por su sombra, sino por el bosque que crecerá para todos".R. Tagore
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Miércoles, 8 de Abril de 2026

En 1972, la tripulación del Apollo 17 fotografió por primera vez nuestro planeta desde el espacio y esta imagen de la famosa canica azul fue desde entonces el emblema de la conciencia ambiental para los que vamos a bordo de lo que B. Fuller llamó “nave espacial Tierra”.

54 años después, la tripulación de la misión Artemis II compartió la imagen llamada “Hola Mundo” que da cuenta de la vasta extensión azul del Atlántico y nos recuerda que esa esfera plácida desde el espacio es el planeta que hemos transformado de manera agresiva al punto de destruir cerca de la mitad de los árboles del planeta, según un estudio publicado por la revista Nature (2015) que indica que se talan más de 15 mil millones de árboles cada año, y el número global de árboles ha disminuido en aproximadamente un 46% desde el inicio de la civilización humana.

Por otra parte, la FAO calcula que el planeta pierde 3,3 millones de hectáreas de bosque anualmente. En Colombia, la situación es igual de preocupante pues los más recientes estudios señalan que el 2025 reportó una deforestación mayor en 6 % respecto al 2024. Para Cúcuta, las poéticas imágenes de los loros que surcan el cielo con cada atardecer no son más que señales del cambio drástico en el paisaje a partir de la deforestación por la expansión urbana informal descontrolada.

Es impensable esta ciudad sin árboles que hacen parte de la memoria e identidad individual y colectiva, pero paradójicamente su presencia permanente, cotidiana y el acelerado ritmo de vida nos hace olvidarnos de ellos a pesar de ser los seres vivos más grandes, longevos y altos sobre la Tierraque nos han acompañado desde hace más de 5 millones de años cuando surgieron nuestros primeros antepasados.

Con ellos evolucionó la especie humana y se crearon pequeños asentamientos a su sombra que se desarrollaron gracias a su oferta de recursos.

Ellos están en nuestros primeros recuerdos, en la cuna que nos meció desde el nacimiento y cotidianamente en los juguetes, puertas, ventanas, techos, mesasy camas a lo largo de la vida hasta en los ataúdes como último recinto material. Desde la selva a las montañas, pasando por las rondas hídricas y los valles, sabanas y en la fundación de pueblos y sus tradiciones.

En las leyendas, en los cuentos infantiles, en las fábulas, el arte y las religiones. En el fuego y en las herramientas, en los libros e instrumentos musicales, en los patios y en las plazas, pero sobre todo en nuestro corazón.

Los árboles son el símbolo por excelencia de la vida, conectan la tierra con el cielo, de donde venimos y a dónde vamos. Han resuelto la mayoría de las necesidades básicas de la humanidad. Purifican el aire, regulan la temperatura y atenúan la erosión y socavación.

Embellecen el paisaje y le restan rigidez a la aburrida geometría de las calles y edificaciones que ante la realidad dramática de este nuevo mundo modelado por el hombre en un tiempo en que apenas se valora la vida, solo espero que los lectores encuentren algo de optimismo en estas líneas que es apenas un susurro ante una urgencia mayor.


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