Hay una muy delgada línea entre la innovación y la imprudencia. El mundo Fintech nació para democratizar el acceso al crédito, para incluir a quienes históricamente habían sido excluidos del sistema financiero tradicional. Esa promesa aparentemente legítima, disruptivamente necesaria y mentirosamente urgente hoy como cuando cayera DMG nos vuelve a mostrar su lado más peligroso cuando se ejecuta sin técnica, sin controles y, peor aún, sin responsabilidad.
Porque prestar dinero no es un acto romántico, es un ejercicio profundamente técnico, y en Colombia, como ya lo estamos viendo, ignorar esa realidad tiene consecuencias fácilmente predecibles, que se dejan embelesar por el canto de sirenas de influencer de las finanzas.
El caso reciente de un ciclista te presta no solo revela una crisis empresarial, revela algo mucho más profundo: la banalización del riesgo financiero. La idea de otorgar créditos sin fiadores, sin codeudores, sin estudios serios de capacidad de pago, puede sonar atractiva en el discurso, altamente “inclusiva” en apariencia, pero en la práctica es una bomba de tiempo. Y cuando estalla, no lo hace en teoría: lo hace en cifras, en patrimonios destruidos y en confianza perdida con más de $40 mil millones de pesos en el limbo de Hades.
Y aquí es donde el debate se vuelve incómodo: la discusión no está en si ese dinero se va a recuperar, sino en si hubo mala fe al perderlo. La Fiscalía General de la Nación aparentemente no investiga cómo encontrar los recursos, sino por qué desaparecieron bajo decisiones que, desde cualquier óptica técnica, eran insostenibles, o al parecer non sanctas.
Ese matiz lo cambia todo. Porque cuando el sistema pasa de evaluar resultados a investigar intenciones, es porque el daño ya está hecho. En mis columnas anteriores he insistido en algo que hoy cobra más vigencia que nunca: no todo lo nuevo es bueno, y no todo lo disruptivo es eficiente. La innovación sin estructura no transforma, destruye. Y en el mundo financiero, destruir confianza es el peor de los pecados, porque es un activo que tarda décadas en construirse y segundos en perderse.
El crédito, por definición, es confianza proyectada al futuro. Pero esa confianza no es ciega, se construye con datos, con análisis, con modelos de riesgo, con experiencia. Pretender reemplazar todo eso con “buena intención” o con algoritmos mal diseñados es desconocer siglos de evolución financiera. Es como intentar volar un avión sin instrumentos, confiando únicamente en la intuición del piloto, investigado por denuncias interpuestas ante la fiscalía por socios e inversionistas que pidieron a la entidad indagar sobre una presunta captación masiva y habitual de dineros, abuso de confianza, no reintegro de recursos y administración desleal.
El desenlace, al parecer es previsible. Lo más grave es el efecto al sistema. Cada fracaso de este tipo no solo afecta a una empresa, afecta a todo el ecosistema Fintech. Genera desconfianza en inversionistas, endurece la regulación, frena la innovación real y termina castigando a quienes sí hacen las cosas bien. Es el clásico caso donde unos pocos, por improvisación o exceso de optimismo, comprometen a todo un sector.
Y entonces aparece la paradoja: en nombre de la inclusión financiera, se termina generando exclusión. Porque después de estos episodios, el crédito no se vuelve más accesible, se vuelve más restrictivo. Los controles aumentan, los filtros se endurecen y quienes realmente necesitaban acceso terminan enfrentando barreras aún mayores. Innovar no es eliminar el riesgo. Innovar es saber gestionarlo mejor, como se va a ocurrir prestar dinero sin garantías.
El problema de prestar sin fiador es que se presta sin entender a quién, cómo y bajo qué condiciones se puede recuperar ese dinero. El problema no es la tecnología, es la falta de criterio detrás de ella.
Colombia necesita más Fintech, sí. Pero necesita Fintech serias, responsables, con gobierno corporativo, con modelos de riesgo sólidos y con límites claros. Porque el dinero que se mueve en estos sistemas no es abstracto: es el ahorro de personas, es la confianza de inversionistas, es el músculo financiero de una economía que no puede darse el lujo de experimentar sin red.
¿Hasta qué punto vamos a seguir confundiendo innovación con ausencia de reglas?
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