Pensando como ciudadano —sin purismo ni moralismo, porque en política soy pecador caminando algún espacio dantesco—, y con el termómetro marcando entre 35 y 40 grados centígrados (socialbacan), no puedo evitar una sensación persistente: hagan algo por esta región.
No estoy familiarizado con las dinámicas finas y operativas de la política regional. Mi mirada es la de quien observa a cierta distancia, quizá desde una posición cómoda y banal. Aun así, el proceso electoral al Congreso de la República en Norte de Santander permite identificar patrones que caracterizan la competencia política regional. El más evidente es el predominio de una lógica de corto plazo, que condiciona tanto los discursos como la naturaleza de las propuestas.
La competencia política se encuentra anclada en narrativas coyunturales, diseñadas para maximizar rendimientos electorales inmediatos. En ese marco, la política deja de concebirse como un proceso de construcción colectiva de futuro y se transforma en un ejercicio instrumental de captura de apoyos, algunas veces con una energía pirañesca. El resultado es una ausencia casi total de visión regional y de proyectos de mediano y largo plazo.
Desde una perspectiva realista, esto no sorprende. La racionalidad electoral privilegia mensajes simples, emocionalmente eficaces y de rápida circulación. Sin embargo, cuando esta lógica se vuelve hegemónica, el debate público se vacía de contenido programático y la representación política se debilita. La transformación territorial queda relegada a consignas.
Aquí aparece un elemento particularmente pobre del actual escenario: el discurso antigobierno como supuesto rasgo diferenciador. Más allá de mi ideología o concepción política —que en este punto es irrelevante—, me resulta llamativo que buena parte de las candidaturas apueste por una crítica genérica al gobierno nacional, como si eso, en el contexto social y político de Norte de Santander, constituyera una propuesta distintiva. No lo es. Casi todos dicen lo mismo.
Si lo llevamos al terreno de la economía —y la analogía no es casual—, el mercado político regional se parece a un mercado de competencia perfecta: múltiples oferentes, discursos homogéneos, ningún producto claramente diferenciado y escasa información relevante para el consumidor. El electorado recorre los estantes y encuentra etiquetas distintas, pero contenidos similares. Y, lo más grave, casi nadie explica el “cómo”.
Por el lado de las candidaturas alternativas, el panorama no es muy distinto. Existen reivindicaciones valiosas y lugares comunes que conectan con demandas legítimas, pero que rara vez se articulan en una perspectiva territorial coherente. A esto se suman aspiraciones individuales que, lejos de fortalecer el proyecto colectivo, terminan convirtiéndose en un talón de Aquiles, casi una contradicción interna.
Resulta interesante, aunque aún insuficiente, la disputa simbólica en torno al tema de la seguridad en candidaturas lideradas por mujeres. Esta irrupción reconfigura parcialmente un campo discursivo tradicionalmente masculinizado. No obstante, el cambio simbólico todavía no se traduce en propuestas robustas ni en enfoques distintos a los marcos securitizados tradicionales.
Todo esto refleja una debilidad estructural de la competencia política regional: la incapacidad para conectar la realidad nacional con una visión territorial de largo plazo. Ese ejercicio exige mucho más que discursos pegajosos y rimbombantes.
No soy ingenuo. Sé que el “aceitamiento” de las máquinas electorales, eficaces en términos de resultados, seguirá siendo demoledor en esta región. Posiblemente con nombres distintos, pero bajo la misma lógica: todo se mueve para no cambiar. Los votos cooptados, la clientela y las lealtades transaccionales seguirán ahí.
Pero incluso aceptando ese realismo crudo, lo que resulta más frustrante es la subestimación de la ciudadanía. Asumir que basta con repetir un discurso frágil, sin intención de comprensión ni apropiación colectiva, es renunciar deliberadamente a cualquier proyecto de transformación. Como ciudadano, independientemente de quién lidere el proceso, anhelo cambios reales para Norte de Santander. Y hoy, lo que se ofrece, en su mayoría, es un mercado saturado de productos idénticos, con poco contenido y ninguna promesa creíble de futuro.
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