La Constitución Nacional recoge en varias normas el concepto de descentralización administrativa - que sigue siendo muy tímido- y todavía no se ha dado desarrollo a la reforma recientemente aprobada que ordena distribuir equitativamente el presupuesto nacional en las regiones.
Así, que está pendiente otorgar una verdadera autonomía a los entes departamentales y municipales asignándole los recursos correspondientes para que puedan cumplir con eficiencia sus funciones delegadas. Sin dejar a un lado la creación de los controles adecuados para evitar el despilfarro y la corrupción.
Con todo, a partir de la elección de alcaldes y gobernadores se ha configurado en el país un sistema político que conlleva un grado de descentralización fáctica. Pendiente, claro está, de varios instrumentos arriba mencionados.
Hoy, los alcaldes y gobernadores elegidos pueden pertenecer a partidos diferentes al del presidente de la república, de suerte que en muchos casos desconocen sus lineamientos políticos y llegan a constituirse en opositores del jefe del estado.
Ante la conducción errática del país por un gobierno incompetente, imbuido de fanatismo ideológico y cercado por la corrupción, el caos debiera ser inminente. Sin embargo, es sorprendente que los colombianos sintamos que el país no va tan mal, y que los apasionados seguidores del señor Petro disfruten también de muchos logros.
Esto se debe, por fortuna, a la independencia política de alcaldes y gobernadores que les ha permitido desarrollar, a pesar del gobierno central, planes y programas que benefician a los habitantes de sus regiones.
El alcalde de Bogotá, por ejemplo, logró desarrollar el Metro que el presidente quiso frenar de muchas maneras; y concluir los proyectos que dejó a medias la anterior alcaldesa. Los sucesivos alcaldes de Barranquilla han hecho de esa ciudad una de las más adelantades y atractivas del Caribe.
En Medellín y Antioquia gobernantes y habitantes contribuyeron a financiar obras de infraestructura vial, y a solucionar graves problemas heredados: Lo mismo se puede predicar de Cali, Bucaramanga, Cartagena, Pereira y varios etcéteras que sería inacabable enumerar. La espantosa inseguridad ciudadana generada por delincuentes de toda laya se ha mitigado en parte por la acción de los alcaldes.
En conclusión, si no fuera por la gestión exitosa de los gobernantes regionales y locales Colombia estaría sumida en el peor de los desastres; y serían mayores los efectos de las tragedias naturales que el gobierno no puede atender porque los funcionarios de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres se robaron el dinero.
Ya vienen las elecciones. Aunque se critique a gobiernos anteriores por injerencia en los procesos electorales, nunca se había dado una intervención tan descarada del presidente usando los recursos públicos, la facultad de contratación y las actividades oficiales en favor de su candidato y de su partido. Y, valga la verdad, con todas esas ventajas el señor Cepeda puede ganar las elecciones presidenciales.
Vamos a acudir, en primer lugar, a la elección de congresistas y a la escogencia de los ganadores de las consultas inscritas por grupos de ciudadanos. Es una oportunidad para entender mejor estos procesos electorales que se han hecho confusos por el afán de “democratizarlos”. No me atrevo a hacer pronóstico alguno, sino insistir en que a Colombia la salvan sus ciudades.
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