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200 años del Congreso
Santander decía que "las armas os han dado la independencia, las leyes os darán la libertad".
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Martes, 10 de Marzo de 2026

Pasada la agitación de las urnas del domingo, Colombia despierta con un nuevo mapa político y la misma incertidumbre de siempre. Pero en este 2026, la coincidencia es demasiado potente para ignorarla: se cumplen exactamente dos siglos de aquel legendario Congreso de 1826.

Fue el año en que Francisco de Paula Santander, desde una Bogotá que apenas despertaba como capital, intentó domar la barbarie de la guerra con la elegancia del derecho. Hoy, el contraste resulta punzante y necesario.

En aquel entonces, el "Hombre de las Leyes" se obsesionó con que las aulas y los códigos salvaran a la Gran Colombia de su propia fuerza centrífuga. Fue el año del ambicioso Plan de Estudios y de la creación de las Universidades Centrales. Se creía, con una fe casi religiosa, que las leyes nos darían la libertad que las armas ya habían conquistado.

Sin embargo, lo que se puso a prueba en las mesas de votación hace apenas dos días no fue solo una renovación de nombres, sino la solidez de un sistema que aún debe demostrar que su alcance llega más allá de las ciudades principales, desafiando a esos poderes que intentan imponer su voluntad por encima de la urna.

El declive que hoy palpamos no es solo económico; es una crisis de confianza en el modelo civilista. Mientras en 1826 se redactaban normas, en las periferias germinaba la rebelión; el general Páez decía que los "abogados de la capital" no entendían la realidad del barro y la distancia.

Esa fractura se sintió el domingo: un país que vota dividido entre una institucionalidad que a menudo parece un mercado de intereses y unas regiones que, ante la ausencia de un Estado real, siguen cooptadas por las sombras de la coacción. La transparencia estuvo bajo la lupa, recordándonos que la democracia no es un estado natural, sino un equilibrio frágil que requiere vigilancia constante.

Santander decía que "las armas os han dado la independencia, las leyes os darán la libertad". Pero en la Colombia actual, las normas a menudo parecen herramientas de bloqueo y no de construcción. El nuevo Congreso carga con el peso histórico de decidir si seguimos el camino de la fragmentación o si finalmente logramos que la ley sea algo más que un refugio para unos pocos.

No es solo cuestión de ocupar una curul; es cuestión de evitar que la Constitución se convierta en un simple pedazo de papel frente a una polarización que amenaza con paralizarnos.

Llegamos a este punto con un país cansado, enfrentando la misma encrucijada de hace dos siglos: ¿seremos una nación de instituciones o un archipiélago de caudillos? El eco de aquel 1826 nos advierte que cuando las leyes dejan de representar la realidad de la calle, el país se rompe.

Ojalá los nuevos inquilinos del Capitolio entiendan que no solo ocuparán una silla para legislar el presente, sino para reparar un proyecto de nación que lleva 200 años tratando de no naufragar. Al final, la ley no es el fin, sino el medio para no repetir nuestra propia historia.


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