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¿Qué pasó con los therians? El fenómeno que sacudió las redes, explicado por expertos
El fenómeno de sentirse, verse e identificarse con los perros, gatos y zorros desde la óptica de psicólogos, antropólogos, abogados y veterinarios.
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Diana Valentina Rodríguez
Diana Valentina Rodríguez
Domingo, 15 de Marzo de 2026

Los therians ocuparon titulares, noticieros y millones de pantallas en América Latina. ¿Qué hay detrás de esta identidad?, ¿qué dice la ley cuando uno de ellos agrede a alguien?, ¿y qué hace un médico veterinario cuando su consultorio recibe a un humano que cree tener moquillo? Psicólogos, sociólogos, abogados y veterinarios consultados por La Opinión ofrecen las respuestas que las redes nunca dieron.

Antes de que TikTok lo convirtiera en tendencia global, el therianismo llevaba tres décadas creciendo en silencio. El término proviene del griego therianthrope, que describe seres mitad humano, mitad animal, y comenzó a circular a principios de los años noventa en foros de internet dedicados a temáticas fantásticas. Allí, sin embargo, los usuarios que lo adoptaron no hablaban de fantasía: describían una experiencia personal que percibían como real, una disonancia entre su biología humana y lo que denominaban su verdadero fenotipo interior.

Esa comunidad se mantuvo al margen de la cultura popular. Se articulaba en listas de correo y sitios web, y sus integrantes se agrupaban con el término otherkin, que abarca a quienes se consideran, en algún sentido, no humanos: dragones, elfos, ángeles. Los therians conformaban el subgrupo que se identificaban con animales reales —lobos, zorros, pumas, perros, gatos, ciervos, aves— y preferían un perfil bajo.

De 2020 a 2021 se hizo visible cuando TikTok encontró en el fenómeno un material visualmente poderoso. Adolescentes con máscaras y accesorios practicaban quadrobics, técnica de desplazamiento en cuatro extremidades que imita a los animales. El hashtag #therian acumuló miles de millones de visualizaciones en pocas semanas.


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El caso del hombre dálmata

Entre todos los casos que circularon en redes durante el apogeo del fenómeno, uno concentró la atención particular. Pablo, un argentino de 42 años, no solo es therian sino que reorganizó su vida en torno a esa identidad. Dejó a su esposa e hijos en Argentina, se instaló en Tulum, México, y adoptó el comportamiento de un dálmata. Su historia se difundió a través del creador de contenido Carlos Name, cuyos videos acumularon más de sesenta millones de visualizaciones.

Las imágenes muestran al hombre que ladra, se rasca y almacena croquetas de distintas marcas y sabores como alimento cotidiano. Acude constantemente a controles con un veterinario y marca territorio orinando en distintos puntos de su casa. Al mismo tiempo, Pablo trabaja en la recepción de un hotel en Tulum, empleo que le permite costearse ese estilo de vida.

Además, complementa sus ingresos con donaciones de una campaña en GoFundMe, que incluyen alimento balanceado y accesorios como camas para perro adulto. Las reacciones oscilaron entre el humor, la preocupación y el rechazo.

Algunos señalan que la elección de Pablo era el síntoma visible de un malestar social que va mucho más allá de una identidad particular.

Entre la identidad y el caso clínico

La primera aclaración que ofrecen los psicólogos consultados es también la más importante: el therianismo no está reconocido como trastorno mental por la Asociación Americana de Psiquiatría ni figura en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. La psicóloga Andrea Anaya precisa que aunque algo no sea diagnosticable no significa que no merezca análisis clínico.

Para Anaya, el fenómeno permite leer algo sobre la generación que lo protagoniza. Según explica, se trata de jóvenes que experimentan una profunda desconexión, que atraviesan una búsqueda y exploración de la identidad y que tienen una necesidad intensa de pertenencia.

El therianismo les ofrece un grupo, un vocabulario propio y un marco de sentido. Su colega, identificada en redes como Maga, lo inscribe en una larga historia de movimientos juveniles similares: los emos, los punks, los pokemones. En pocas palabras dice que, la forma cambia, pero la necesidad psicológica de encontrar identidad y pertenencia permanece.

Desde el psicoanálisis, Carlos Esparza ofrece una mirada estructural en su artículo ‘El fenómeno therian como síntoma de la desintegración subjetiva’. Para Esparza, el fenómeno no puede reducirse a una excentricidad individual, sino como el reflejo de una crisis de la subjetividad sin precedentes.


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Apoyándose en Freud, argumenta que la identidad therian constituye un intento de resolver la tensión irresoluble entre los impulsos naturales del ser humano y las exigencias de la civilización, mediante la negación de la cultura misma. Una renuncia al orden simbólico cuando integrarse en él resulta demasiado costoso. El problema, concluye, no radica en la excentricidad del comportamiento, sino en la erosión de lo humano como proyecto común.

La ley frente a los therians

Cuando el fenómeno therian llegó a los noticieros colombianos, una de las preguntas que más se repitió fue la que menos respuestas claras recibió: ¿qué dice la ley sobre todo esto? La Opinión consultó a Carlos Muñoz, abogado, docente universitario y defensor de derechos animales.

“La dignidad humana es de donde se desprenden los derechos humanos, y este debate toca la esencia de esos derechos. La dignidad humana no es renunciable. Uno nace con ella y no hay poder legal para renunciar a ella”, explica Muñoz.

Esa irrenunciabilidad significa, en términos prácticos, que los therians no pasan al ámbito del derecho animal. Siguen siendo titulares de derechos humanos.

El derecho animal no es un derecho identitario. No es que usted se sienta animal, sino que realmente nazca como un animal no humano. Por lo tanto, tampoco incluiría a los therians”, indica el abogado.

Sobre el libre desarrollo de la personalidad, Muñoz es claro: ese principio ampara la identidad therian mientras no afecte los derechos de terceros. El derecho a ser o sentirse un animal en el plano identitario no está en conflicto con la Constitución. El conflicto jurídico surge cuando esa identidad se traduce en conductas que vulneran a otros.

El caso que mejor ilustra ese límite es el de las agresiones físicas. En otras partes de América Latina, especialmente en Argentina, se registraron denuncias por mordeduras atribuidas a personas que se identificaban como therians. La más difundida ocurrió en Jesús María, Córdoba: una adolescente de catorce años fue rodeada cerca de su colegio por un grupo con máscaras de lobos y perros que comenzó a olfatearla y terminó mordiéndola en el tobillo.


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La menor tardó semanas en contárselo a su familia, en parte porque el fenómeno no tenía todavía nombre para ella. ¿Cómo respondería la ley colombiana ante un hecho similar? Muñoz no deja espacio para ambigüedades: la conducta se tomaría como delito por lesiones personales bajo el Código Penal, con independencia de la identidad que alegue el agresor. Frente a esto aclara que, “habría que ver caso por caso. No se puede generalizar. Si hay casos de agresión, habría que ver ese tema muy puntual. Pero la estigmatización que se ha dado a veces frente a ellos, en donde mucha gente quiere cazarlos, matarlos, esterilizarlos forzadamente, es peligrosa porque son generalizaciones que terminan en tragedia.”

Mirada desde la antropología

Hernán Darío Gil Alzate, antropólogo y docente de la Universidad Pontificia Bolivariana, sitúa el therianismo dentro de un fenómeno más amplio. Prefiere hablar de ambientes juveniles antes que de tribus urbanas y los vincula con expresiones contraculturales que tienen antecedentes claros desde el siglo pasado.

Para este académico, el fenómeno no es aislado ni sorprendente: es una respuesta previsible al tipo de sociedad que el sociólogo Zygmunt Bauman describió como líquida, caracterizada por referentes identitarios frágiles y la ausencia de estructuras sólidas de sentido. “Hay muchachos que ven cómo sus padres cuidan más al perro que a ellos.

Si el animal recibe el afecto y la atención que el hijo no tiene, el joven termina por introyectar al animal. Se convierte en ese ser no humano para recibir lo que la sociedad le ha negado”, precisa.

Gil reconoce que el fenómeno cuenta con antecedentes documentados desde los años noventa, pero señala que la masificación digital aceleró tanto su visibilidad como su eventual agotamiento. A su juicio, la misma velocidad con la que las redes amplifican este tipo de manifestaciones es la que las consume: el boom de las plataformas, hará que el fenómeno se extinga mucho más rápido de lo que surgió.

El consultorio veterinario ante un paciente humano

Entre los episodios que marcaron el apogeo del fenómeno, uno concentró una atención especial por su carácter insólito. En la provincia de San Luis, Argentina, una veterinaria recibió en su consultorio a un hombre que se identificaba como therian. El paciente llegó acompañado por otra persona que ejercía el rol de su dueño y afirmaba padecer moquillo, una enfermedad infecciosa propia de los caninos.

Verónica Veglia, presidenta del Colegio de Veterinarios de San Luis, explicó públicamente cómo actuó la profesional ante la situación. La veterinaria le indicó al hombre que no estaba en condiciones de atenderlo: hacerlo implicaría ejercer ilegalmente la medicina humana, algo que el Código de Ética de la profesión prohíbe de forma explícita. Le indicó que debía acudir a salas primarias de atención, hospitales regionales o el hospital central de la provincia.

Veglia describió el abordaje de su colega como serio y ubicado. El episodio reveló una arista del fenómeno que el debate público había ignorado: la de los sistemas de salud ante personas que, por convicción o por performance identitaria, buscan atención en circuitos que no les corresponden. La pregunta sobre qué protocolos deberían existir en esos casos quedó, como tantas otras preguntas sobre los therians, sin una respuesta institucional.


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