Prisión de un francés en Venezuela: me decían que iban hacerme hablar
Camilo Pierre Castro tiene 41 años y hoy está seguro en su hogar. Pero este profesor francés de yoga –hace apenas unos meses atrás- vivió uno de los episodios más horribles de su vida en suelo venezolano. El 26 de junio de 2025 desapareció luego de viajar al puesto fronterizo de Paraguachón entre Colombia y Venezuela, lugar al que iba para renovar su visado de residencia colombiano vencido.
Tras la detención Camilo fue llevado hasta Maracaibo, según su testimonio, aunque no tiene certeza de la ubicación en la cual lo mantuvieron la primera semana de su captura. “Siempre preguntaba dónde estaba y nunca me dijeron. Me llevaron a un sótano en diferentes salas que tenían puerta tras puertas”.
Su fuerte relato, en los medios de comunicación, le dio la vuelta al mundo. En él describe en las condiciones en las cuales estuvo: “me mantuvieron en un lugar que era como un sótano, uno va entrando por esas puertas y llegué a un sitio donde había tres baños desbordándose de heces, seguramente de varias semanas o meses acumuladas allí, con cientos de cucarachas y unas cuantas ratas y me dicen que ahí es donde me iba a duchar y me cierran la puerta hecha de barrotes”.
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Camilo revela que su primera noche “fue terrible en un lugar donde no se respiraba bien con mucha humedad, mucho calor y con el olor de las heces, las cucarachas caminando sobre mi cuerpo”.
Pudo describir que esas diferentes celdas observó una mesa con distintos materiales o herramientas de tortura. “Había muchas manchas en el piso y en los muros. Miré un poco y sí pude comprobar que era un lugar de torturas. En ese lugar, por lo menos dos personas habían vivido ahí ocho meses, por las rayitas y las cuentas que estaban en la pared”, precisa.
Las torturas psicológicas fueron el siguiente paso. Al día siguiente de su arresto, llegó un funcionario de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM), que durante 24 horas estuvo en el lugar con la misión de intimidarlo. “Llegó un barbón y él empezó al juego psicológico conmigo para intimidarme, amenazarme y torturarme, porque me iban hacer hablar. Me decían que yo estaba cerrado, y que me iban abrir y que tenían la forma de hacerme hablar y de abrirme”.
Las torturas de que fue objeto empezaron con la colocación de un cartón en los ojos como si fuera una especie de antifaz. “Me encapucharon primero con mi propio suéter, me lo subieron a la cabeza y me le hicieron un nudo, pero además, me pusieron otra capucha. Me drogaron, me imagino que con escopolamina, no estoy seguro, pero me drograron con un spray que tiene un olor a disolvente muy fuerte y estuve allí por horas”.
Acosado sexualmente
Pierre Castro declara en sus relatos que fue víctima de acoso sexual por parte de una funcionaria de la DGCIM.
Esto sucedió durante el trayecto de traslado a la sede de estas oficinas, cuando la mujer comenzó a tocarle las partes íntimas al ciudadano francés.
“Durante el viaje fui acosado sexualmente por la agente que estaba ahí de la DGCIM, una mujer que tocaba mis partes genitales, también me dominaba digamos físicamente, me levantaba la cabeza, me ponía la cabeza sobre sus rodillas, estuve así varias horas, con las manos esposadas atrás. Me jalaba por los cabellos por medio de la capucha, me decía cosas obscenas en la oreja y escuchando reguetón a todo volumen”, según su relato.
Camilo estuvo por una semana completa esposado y encapuchado. “Todo ese secuestro en esa semana (…) comiendo una vez al día, sin poder bañarme, podía ir al baño pero sin poder lavarme, sin poder cambiar mis ropas”.
A los siete días lo llevaron a la cárcel del Rodeo I, ubicada en el estado Miranda, donde dice pudo sentirse seguro. Allí la primera frase que escuchó cuando entró en una de las celdas, fue: ‘no te preocupes que aquí todos somos inocentes como tú, no hay ningún delincuente, es un tema político. Todos fuimos secuestrados, pero no te preocupes aquí no va pasar nada malo’.
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Esta explicación le valió parte de su paz en ese encierro, que califica como un secuestro industrializado.
“Esas palabras me tranquilizaron y pude entender, en unos segundos, lo que estaba sucediendo y levantándome de la cama y mirar en la celda descubrí los rostros de los que iban a ser mis compañeros de vida. Sentí que no estaba solo”.
Confiesa que, a pesar de estar en un espacio más seguro, sentía miedo al recordar la historia de su padre reflejada en lo que él estaba viviendo.
"Mi papá era chileno y fue exiliado político en Francia. Mi padre era comunista, en aquel tiempo, y por sus ideas sufrió torturas y fue amenazado de muerte y gracias a un amigo policía que le advirtió que estaba en la lista de mañana se escapó de Chile y llegó a Francia y nunca se levantó de estas torturas y del exilio. Lo absurdo de mi historia es que yo siendo hijo de un exiliado político chileno comunista me encuentro secuestrado por un gobierno comunista y viviendo las mismas cosas que vivió mi papá”, relata visiblemente afectado.
Campamento de dolor e incertidumbre frente a la Policía Bolivariana, por los presos políticos
Evelis Cano tiene 49 años y durante más de 20 días instaló su carpa en las afueras de la sede de Zona 7 de la Policía Nacional Bolivariana (PNB), en Caracas. Ella con 10 mujeres más pernoctan y se mantienen en vigilia pidiendo por la libertad de sus seres queridos, encarcelados por posiciones políticas.
“Estoy desesperada, estoy dispuesta a morir. Se burlan de nosotros, ya basta”. Dice llorando. Ella ha sido vocera del resto de los familiares, que siguen ahí esperando que se concrete la excarcelación de los suyos.
A Evelis le detuvieron a su hijo, Jack Tantak, de 31 años, el 27 de noviembre del año pasado. Cuenta que a él lo acusaron de terrorismo y traición a la patria, y detalla que lo detuvieron porque supuestamente había vendido una camioneta a un dirigente de la oposición venezolana.
Ella se apoya con el resto de mujeres para aliviar su alma, pero también para las vicisitudes que a diario se le presentan en el convivir de la protesta pacífica, con la cual mantienen bloqueado el paso vehicular por la calle principal de este centro de detención.
Sus voces se alzan desde un improvisado campamento con tiendas de campaña. Este mismo panorama se aprecia en otras cárceles de Venezuela a donde han sido llevados los presos políticos.
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Evelis relata que a pesar de que esos espacios no son cómodos, se han convertido en sus casas. “Ya no queremos estar más aquí. Tengo llagas, todos los labios rotos”, comenta frente a la mirada inerte de los agentes de la Policía Bolivariana.
Confiesa que cada noche dentro de su carpa azul y morada se hace eterna y para ella todas “son horribles (…)”.
“No es solo vivir una guerra, nos torturan todos los días psicológicamente”, dice. Las cruzadas diarias las lleva a apoyarse para sobrellevar esto, pero también para sortear días sin baños decentes o con la alimentación menos adecuada.
La incertidumbre se apodera en todo momento de ellas, que ven sortear las horas entre policías y funcionarios que entran y salen del lugar.
“Pedimos que se haga justicia aquí en Zona 7, que haya una pronta liberación, que liberen a todos nuestros familiares para nosotros irnos a nuestras casas. ¡Ya no aguantamos más, estamos desesperadas!”, sentencia la madre venezolana.
El hijo de Evelis tiene más de 60 días detenido y solamente lo ha podido ver una vez, tras permanecer todo un día encadenada a las rejas del recinto, para exigir esa visita tan anhelada.
“Somos madres, esposas, hermanas, hijas que estamos ya desesperadas. Hemos tenido demasiado dolor en nuestro corazón, necesitamos que regresen a nuestros familiares”, dice llorando.
El Ministerio del Interior venezolano, a la cabeza de Diosdado Cabello, sostiene que más de 800 personas han sido excarceladas desde antes de diciembre a la fecha; sin embargo, la organización Foro Penal ha cuestionado esta cifra y sostiene que son menos las liberaciones hechas por el régimen: 383 excarcelaciones desde diciembre y 297 desde el 8 de enero.
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La desesperanza de Evelis y sus gritos retumban en las inmediaciones de la Zona 7. Pero la presión hizo efecto en la dirección del centro penitenciario, porque cedieron en las medidas y ahora están permitiendo las visitas veces a la semana para ver a sus seres queridos y llevarle alimentos.
“Ahora que tienen la oportunidad (...) quítense esos corazones de piedra”, sigue. “¿Por qué siguen mintiéndole al pueblo de Venezuela? ¡Dejen la mentira!”, afirma.
Evelis sostiene que no se moverá del sitio, a pesar de las flexibilizaciones del centro de arresto. “No me moveré hasta que me vaya con mi hijo”.
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