La desnutrición infantil sigue siendo una amenaza en Colombia contra la vida y el desarrollo humano que, pese a los esfuerzos institucionales, continúa afectando de manera significativa a la primera infancia.
De acuerdo con el Sistema de Vigilancia en Salud Pública (Sivigila), con corte al 9 de abril de 2026 se han notificado 6.742 casos de desnutrición aguda en el país.
De estos, el 81,6% corresponde a niños menores de cinco años, lo que evidencia que esta etapa de la vida sigue siendo la más vulnerable frente a la falta de una nutrición adecuada. Además, la mayoría de los casos se presenta en hombres (58,4%), frente a un 41,6% en mujeres.
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Los registros muestran que la mayoría de los casos se presentan en territorios como Antioquia (953), Bogotá (892) y La Guajira (610), regiones donde convergen factores como pobreza, desigualdad y dificultades de acceso a servicios básicos.
Mientras que, en Norte de Santander, un departamento ubicado en zona de frontera y con dinámicas asociadas a la migración y el conflicto, ya se reportan 219 casos, lo que lo ubica en el puesto 11 a nivel nacional, dejando en evidencia que estos factores también agravan la situación nutricional.

La desnutrición no es solo hambre
Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), la malnutrición es un concepto amplio que incluye tanto las deficiencias como los excesos o desequilibrios en la ingesta de energía y nutrientes. Esto abarca, por un lado, la desnutrición, como el retraso en el crecimiento, el bajo peso o la falta de micronutrientes; y, por otro, el sobrepeso, la obesidad y las enfermedades asociadas a la dieta.
En línea con este enfoque, el más reciente informe de la Fundación Éxito, organización que lidera en Colombia el propósito de erradicar la desnutrición crónica en la primera infancia, advierte que esta problemática responde a una cadena de factores sociales que atraviesan la vida de millones de familias.
Y es que, la pobreza limita el acceso a alimentos adecuados, pero también reduce las oportunidades educativas y laborales, especialmente para las madres, quienes en muchos hogares asumen solas la crianza. A esto se suma la sobrecarga de cuidado y el estrés constante, factores que deterioran la salud mental de los cuidadores y afectan directamente las condiciones en las que crecen los niños.
En este sentido, hay que destacar que, en la infancia, la desnutrición se manifiesta principalmente en dos formas. La más frecuente es la desnutrición crónica, que se produce por una carencia prolongada de nutrientes y genera retraso en talla y peso, con efectos irreversibles en el aprendizaje y el desarrollo cognitivo, motor y emocional.
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Por su parte, la desnutrición aguda ocurre cuando el peso del niño está muy por debajo de lo esperado para su talla, tratándose de una condición grave que requiere atención inmediata, ya que puede provocar complicaciones severas e incluso la muerte.
“La mortalidad por desnutrición es prevenible, pero en los casos agudos puede provocar deshidratación, fallas en el organismo y un alto riesgo de infecciones. Incluso cuando se supera, puede dejar secuelas permanentes en el desarrollo de los niños, especialmente por deficiencias nutricionales o lo que se conoce como ‘hambre oculta’”, opina Rosa Cabrales, nutricionista clínica.

La visión de la Fundación Éxito combina nutrición, salud mental y entorno familiar
En entrevista con La Opinión, Diana Pineda Ruiz, nutricionista y directora ejecutiva de la Fundación Éxito, notifica que erradicar la desnutrición no es solo un desafío social, sino una condición necesaria para el desarrollo del país.
“Trabajar por erradicar la desnutrición crónica es el primer cimiento para lograr mayor desarrollo humano, económico y equidad en Colombia”, dice Pineda.
La profesional advierte que el problema sigue siendo estructural y está lejos de resolverse, puesto que, factores como la ruralidad, la migración, el desplazamiento y las emergencias climáticas continúan afectando a las poblaciones más vulnerables, especialmente a niños y mujeres.
Y, en ese contexto, Pineda destaca que la Fundación Éxito ha desarrollado un enfoque integral basado en tres pilares: nutrición, salud mental y formación para el empleo.
“Lo explicamos como una casa: la nutrición es el cimiento, la salud mental son las paredes y el empleo es el techo. Solo así se puede garantizar un verdadero desarrollo humano”, explica Pineda.
Este modelo, según detalla, reconoce que no basta con garantizar alimentos, sino que también es necesario fortalecer el entorno familiar, especialmente en los primeros años de vida, cuando se forma cerca del 85% del cerebro humano.
Por eso, además de entregar apoyo nutricional, la Fundación implementa programas de acompañamiento emocional y formación para las madres, con el fin de mejorar las condiciones de crianza.
“No es solamente la alimentación. También influyen el acceso a agua potable, servicios de salud, entornos de cuidado y protección, y el bienestar emocional de quienes cuidan”, agrega.
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La directiva también enfatizó en el papel de las mujeres, al señalar que son el pilar del desarrollo familiar y comunitario.
En regiones como Norte de Santander, marcadas por dinámicas de frontera, migración y conflicto, Pineda indicó que la situación representa retos adicionales, por lo que, allí, la Fundación trabaja en articulación con actores locales para fortalecer las intervenciones y garantizar que los recursos lleguen directamente a las comunidades.
“Muchas de las problemáticas que vemos hoy, como la deserción escolar o la salud mental, pueden prevenirse si invertimos en los primeros años de vida y garantizamos entornos protectores para los niños y sus familias”, menciona Pineda.

Cúcuta: entre avances y alertas
Los indicadores de seguridad alimentaria y nutricional del Observatorio de la Secretaría de Salud de Cúcuta muestran un panorama mixto con mejoras en los casos más críticos y señales de alerta en problemas estructurales.
Se nota una reducción en la desnutrición aguda que entre 2018 y 2022 se mantenía en niveles cercanos a 4 casos por cada 100 menores, descendiendo en 2023 a 1,5 y en 2024 a 1,7, evidenciando avances en la atención de los casos más graves.
Esta mejoría contrasta con el comportamiento de la desnutrición crónica, reflejada en la talla baja para la edad. Este indicador pasó del 7%, en 2017, a 11,4%, en 2024, mostrando un aumento sostenido con efectos a largo plazo en el desarrollo de los niños.
El bajo peso para la edad ha tenido una leve disminución. Aunque entre 2016 y 2020 se mantenía alrededor del 5%, en los últimos años se redujo a cifras cercanas al 4%, ubicándose en 4,2% en 2024. Pese a ello, el problema persiste.
También genera preocupación el bajo peso al nacer, que entre 2016 y 2024 pasó del 7% al 8,2%, representando un mayor riesgo desde las primeras etapas de vida.
En cuanto a la mortalidad por desnutrición en menores de cinco años, las cifras son variables. Aunque en algunos años se registraron picos altos, en 2023 no se reportaron muertes y en 2024 la tasa se situó en 2 casos, lo que refleja avances en la atención, pero también la persistencia del riesgo.

Cuando el exceso y la carencia conviven
Según Unicef, en 2025 la obesidad en niños y adolescentes superó por primera vez a la desnutrición a nivel global, marcando un cambio en el panorama de la salud infantil. Actualmente, uno de cada veinte menores de cinco años presenta sobrepeso, y en la población entre 5 y 19 años la cifra asciende a uno de cada cinco.
En Colombia, esta tendencia también es evidente. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Situación Nutricional (Ensin), el exceso de peso afecta al 24% de los niños entre 5 y 12 años y a más del 17% de los adolescentes, mientras que en adultos supera el 50%.
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Este fenómeno, conocido como doble carga de la malnutrición, refleja profundas desigualdades en los sistemas alimentarios. Mientras algunas poblaciones enfrentan la falta de alimentos, otras consumen productos ultraprocesados, más accesibles, pero con bajo valor nutricional.

El papel clave de las mujeres en la nutrición infantil
El estado nutricional de la madre influye directamente en la salud, el crecimiento y el desarrollo de los niños, especialmente durante la gestación y los primeros años de vida. Sin embargo, este rol se cumple en medio de múltiples desigualdades. En Colombia, la pobreza tiene un rostro femenino: el 36,1% de los hogares con jefatura femenina se encuentra en situación de pobreza, frente al 28,4% en hogares con jefatura masculina, según cifras del DANE.
A esto se suma una carga emocional significativa. Datos del Ministerio de Salud indican que el 69,9% de las mujeres ha enfrentado problemas de salud mental en algún momento de su vida, una proporción que aumenta entre las más jóvenes.
“Cuando el estrés y la precariedad se vuelven permanentes, pueden aparecer consecuencias como menor atención, rezago educativo o una alimentación insuficiente y poco nutritiva. Por eso, fortalecer la salud emocional de quienes cuidan es fundamental”, explica Diana Pineda Ruiz.
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