Irónicamente el eco de los primeros disparos en la vereda Sinuga, jurisdicción del corregimiento Espíritu Santo, en zona rural de Ocaña, se convirtió en el sonido de libertad para el comerciante Geovanni Álvarez León, secuestrado la madrugada del pasado 29 de noviembre, cuando salía de su residencia ubicada en el barrio Juan XXIII.
Los nervios se apoderaron del vendedor de fritos, quien paradójicamente echó a correr detrás de los captores para no ser alcanzado por las balas del grupo de rescate del Gaula, que llegó al apartado lugar en un operativo coordinado para su rescate.
Por un instante, Álvarez León pensó que por el cansancio por las prolongadas caminatas, sus piernas no iban a responder más, pero él sacó fuerzas para llegar a la cima de la libertad. Con las uñas e impulsado por el miedo, escaló la empinada montaña. “Allí estaba un uniformado y le grite auxilio, de inmediato me respondió: tranquilo venimos por usted”, contó el ocañero, con la voz entrecortada.
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También confesó que en ese momento el alma le volvió al cuerpo, porque los secuestradores habían sido capturados y él podía regresar a casa para abrazar a sus seres queridos.
El dramático momento
Rodeado de su familia y con más tranquilidad, recordó cómo fue ese instante dramático cuando lo secuestraron. Ese miércoles, 29 noviembre, como de costumbre, salió a las 2:30 de la madrugada para la plaza de mercado a retomar las actividades, cuando de repente aparecieron dos personas que lo intimidaron con armas de fuego, lo bajaron de la motocicleta, le taparon los ojos y luego de subirlo a otra moto, se lo llevaron hacia la vereda Junín.
El conductor aceleró la moto y metros más arriba, le quitaron el celular y el dinero en efectivo. Jamás se identificaron y lo internaron en la montaña. “A caminar se dijo por esa cordillera, no supe por dónde me metieron. Inicialmente pensé que era un robo. Me amarraron con un lazo el cuello y me obligaron a subir el monte”, señaló Giovanni Álvarez.
Toda la mañana lo mantuvieron escondido en unos cultivos de caña, hasta la noche que comenzó una larga caminata, nunca lo llevaron a una casa y lo tenían en los cerros a la intemperie. “Afortunadamente no llovió, pero estoy picado por todas partes, por la cantidad de mosquitos”, sostuvo.
Una millonaria suma de dinero
Los secuestradores se habrían hecho pasar como integrantes de Los Pelusos y le exigían a la familia del comerciante de fritos mil millones de pesos, porque necesitaban dinero para volver a organizarse.
Por un instante él pensó en fugarse, pero se abstuvo porque estaban armados. Cuando se dio el operativo de rescate, Álvarez aseguró que sintió miedo por los disparos y porque no entendía lo que estaba ocurriendo.
“A mí me dejaron botado, pero como no sabía del operativo, salí corriendo detrás de ellos. Primero capturaron a la persona que manejaba la motocicleta y los otros tres fueron aprehendidos en lo alto de la montaña”, precisó.
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Por un instante, se imaginó que era un enfrentamiento con otros guerrilleros y temió un desenlace fatal. “Tranquilo, usted está libre”, fueron las primeras palabras pronunciadas por los hombres del Gaula.
Los uniformados le dijeron a Giovanni se montara en una mula para bajar de la montaña, pero con la alegría de regresar a casa, él no aceptó y decidió caminar.
Precarias condiciones
El vendedor de fritos recordó que la comida que le dieron en cautiverio fue pan con queso y el agua debía tomarla de un riachuelo cercano, así fue durante los 7 días del calvario.
“Un secuestro no se le desea a nadie, pues nunca pude conciliar el sueño. Solo un día que me venció el cansancio, sentí que me estaba tomando una gaseosa y desperté con mucha sed”, comentó.
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La angustia e incertidumbre rondaba su mente y a toda hora insistían en la entrega de una cuantiosa cifra de dinero. No daban la cara, siempre estaban enmascarados, hasta el día del rescate que se enteró que uno era de Pamplona, otro de Convención y el conductor era del corregimiento Agua de la Virgen, de Ocaña.