No habían pasado cinco minutos de haberse sentado en la puerta de una tienda cuando su futuro asesino empezó una ronda mortal esperando el momento propicio para ejecutarlo.
Albeiro Carreño llegó al negocio, ubicado en la avenida 19 con calle 0E del barrio Siglo XXI, en el paradero de los colectivos, hacia las 7:15 de la noche como solía hacerlo algunos los fines de semana, para tomarse unas cervezas. Hacia las 8:13 minutos, un sicario que vestía de negro, le propinó dos certeros disparos en la nuca.
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Este sería el segundo asesinato registrado la noche del sábado 20 de enero en la ciudad de Cúcuta, tan golpeada por diferentes factores de violencia, que según la ciudadanía parece no tener fin.
La precisión de la hora en que sucedió este hecho de sangre se da por el registro que dejó el movimiento del sicario en los ojos electrónicos instalados por habitantes y comerciantes del sector, cansados del azote de los delincuentes, quienes aseguran que “sin exagerar han cometido más de 50 robos y atracos en menos de seis meses”, con la preocupación de no estar seguros a ninguna hora del día o la noche.
La ronda
El relato de quienes presenciaron lo ocurrido da cuenta de que el victimario se movilizaba en una moto, al parecer Pulsar o Bajac, negra, con la que pasó la primera vez cuando apenas Carreño empezaba a saborear la primera cerveza.
Transcurridos unos 46 minutos (8:06 p.m.) el misterioso motociclista, quien vestía indumentaria como domiciliario, con un cajón en la espalda como los que usan los empleados de una empresa repartidora reconocida, volvió a entrar en escena, continuando la ronda porque se le ve dando la vuelta a la manzana.
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Al momento que decide ejecutar el crimen, se le ve llegar con la moto apagada, y aprovechando la oscuridad de la cuadra dejó pasar unos tres minutos para bajarse y con el casco puesto caminó unos pasos hasta situarse detrás de su víctima, quien estaba sentada en una silla “totalmente relajada”.
Es en ese momento el pistolero, de contextura y altura media, disparó su arma dos veces y escapó con la misma agilidad y sigilo con la que llegó. Albeiro murió en el acto, aún en la silla en la que estuvo sentado los últimos 58 minutos de su vida.