Por principio, se debe estar contra la pena de muerte. Es cruel, es inhumana, es degradante. Ningún Estado tiene el derecho a disponer de la vida de una persona, culpable o no, de violar una ley. Ni siquiera en casos de extrema gravedad, como el genocidio.
Sin embargo, hay que admitir que la pena de muerte subsiste aún en algunos países, como China, Estados Unidos, Arabia Saudita, Rusia y Japón, entre los más conocidos, pese a las frecuentes e insistentes campañas internacionales en busca de erradicarla para siempre. Allí, matar a algunos reos es la ley, Sin discusiones.
Por esto, muy poco podía hacer el gobierno colombiano para evitar, por todos los medios a su alcance, que el gobierno provincial de Guandong, China, ejecutara en Guangzhou al vallecaucano Ismael Enrique Arciniegas, de 74 años, por llegar al aeropuerto de esa ciudad con casi cuatro kilos de cocaína camuflada en su ropa.
El Estado chino mata a quien lleve drogas. Es su dura manera de combatir el narcotráfico. Es el modo como considera que se debe enfrentar este crimen, que a la propia China le ha causado tantos problemas a lo largo de su historia. Así es en ese enorme y poderoso país, nos guste o no.
Desde luego, nadie puede siquiera imaginar el dolor de la familia Arciniegas ni la afrenta social que significa perder a uno de sus miembros en las circunstancias en que ocurrió. Pero Arciniegas cometió una falta grave y pagó por ella el más alto precio. Dura es la ley, pero es la ley, dijeron los romanos, y hoy lo constatamos…
Es fácil suponer que la muerte de Arciniegas implicará una reducción en las intenciones, al menos, de personas que consideran que a ellas no los atraparán los policías chinos en sus aeropuertos. Quizás la suerte acompañe a unos cuantos de esos obnubilados aventureros, pero no a todos...
Porque —y esto se ha demostrado muchas veces en todos los países— matar a un culpable puede llevar a matar a un inocente, y porque la pena de muerte no es lo disuasiva que creen sus defensores. Si lo fuera, en ninguno de los países en donde se practica habría crímenes graves, como el homicidio agravado, por ejemplo.
Pero, al menos en lo que corresponde con Colombia, es de esperar que todo este triste episodio tenga un efecto ejemplarizante que impida que otras personas, no solo colombianas, desechen su intención de ir con droga.
Pero, por razones de la condición humana, es casi seguro que haya personas dispuestas a arriesgarlo todo, incluida la vida, en un intento por obtener un dinero que les ha sido esquivo en situaciones comunes y corrientes.
Y con ello, reforzarán más el estereotipo negativo que hay del colombiano en el exterior, que lleva a los tratos descomedidos y hasta abusivos de las autoridades de inmigración. Y, con casos como este de Arciniegas, ni las millonadas gastadas por el Estado colombiano en intentar cambiar esa imagen tendrán éxito alguno.
Ojalá este caso genere algún resultado en el ánimo de algunos que preparan su viaje al exterior arriesgándose a llevar droga. Ojalá esto no sea como pedirle peras al olmo. Ojalá.
