La eventual llegada de Estados Unidos en Venezuela ha marcado un punto de inflexión que va más allá del debate geopolítico, porque esto abre un horizonte de oportunidades para la reconstrucción económica, social y ambiental de un país que ha vivido una crisis profunda durante más de una década.
Venezuela pasó por una contracción del PIB cercana al 75% entre 2013 y 2020, una de las caídas más pronunciadas de la región, producto de malas decisiones estructurales, deterioro de la infraestructura y políticas económicas fallidas.
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Sin embargo, hay señales recientes de recuperación que no pueden pasarse por alto, debido a que organismos como la Cepal proyectan un crecimiento económico de alrededor del 6,5% en 2025, la tasa más alta de la región, impulsado por la reactivación productiva tras años de estancamiento y un mayor dinamismo de la demanda interna.
Este escenario de avance económico plantea una pregunta estratégica para inversionistas, planificadores urbanos y empresarios, y es ¿cómo puede un país en reconstrucción aprovechar esta coyuntura para diseñar ciudades inteligentes y sistemas industriales sostenibles desde cero, integrando parámetros ambientales, sociales y económicos que aseguren competitividad en el largo plazo?
Esta no es una pregunta retórica; es una invitación a pensar la reconstrucción de Venezuela como un proyecto de desarrollo urbano y productivo que trascienda el retorno de los flujos petroleros y mire hacia la diversificación económica, la eficiencia de recursos y la resiliencia ambiental.
La reconstrucción de Venezuela representa una oportunidad histórica para replantear cómo se diseñan y gestionan las grandes infraestructuras urbanas e industriales. En lugar de replicar modelos del pasado basados en la expansión indiscriminada, el país tiene ante sí la posibilidad de construir con inteligencia y con orden, iniciando con la integración desde el inicio sistemas de eficiencia energética, gestión hídrica sostenible, economía circular y modelos productivos net zero que reduzcan la huella ambiental y aumenten la productividad.
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El potencial económico de esta visión es considerable. Más allá del crecimiento proyectado del PIB, sectores como el tecnológico y digital muestran oportunidades emergentes. Iniciativas para fortalecer infraestructura digital, comercio electrónico y servicios financieros digitales están ganando tracción, y la expansión de tecnologías como la inteligencia artificial y el internet de banda ancha constituyen palancas para modernizar no solo las industrias tradicionales sino también los servicios.
Uno de los pilares de esta transformación debe ser la eficiencia energética. Venezuela posee vastos recursos naturales incluidas reservas hidroeléctricas y potencial solar considerable, pero su infraestructura energética ha sido históricamente ineficiente y deteriorada.
La transición hacia sistemas inteligentes de generación distribuida, integración de energías renovables y redes eléctricas robustas puede reducir los costos de operación, fortalecer la seguridad del suministro y atraer inversiones verdes. La eficiencia energética no es solo un gasto operativo menor, es una inversión estratégica que reduce la vulnerabilidad ante crisis externas, mejora la competitividad y fomenta la confianza de los capitales.
De la misma manera, la eficiencia hídrica y la gestión sostenible del agua son fundamentales para reconstruir ciudades con calidad de vida. Una nueva Venezuela necesita sistemas de abastecimiento y saneamiento robustos que no dependan de soluciones reactivas ni de la improvisación. La implementación de tecnologías de reutilización, tratamiento descentralizado y manejo inteligente del recurso hídrico puede generar beneficios múltiples: desde la resiliencia urbana hasta la reducción de costos a largo plazo para industrias y población en general.
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Un componente igualmente crucial es la economía circular: un modelo que transforma residuos en recursos y mantiene los materiales en uso por el mayor tiempo posible. Iniciativas de reciclaje y reutilización, como las que están empezando a surgir en comunidades venezolanas, demuestran que existe un interés y potencial local para escalar proyectos que integren valor económico con beneficio ambiental y social. Escalar estos modelos con inversión privada y cooperación internacional puede generar empleo, dinamizar sectores productivos y reducir la presión sobre los sistemas de disposición de residuos.
El impulso hacia la neutralidad de carbono (net zero) debe ser otro eje estratégico. Aunque la transición hacia emisiones bajas es un desafío, también es una oportunidad para acceder a mercados de financiamiento climático e integrar tecnologías limpias en sectores clave como transporte, manufactura y construcción. Para los inversionistas, esto significa abrir un portafolio de activos verdes que pueden ser competitivos a nivel regional y global.
Sin embargo, ninguno de estos proyectos será exitoso sin una pieza clave, la cual es la formación de capital humano especializado. El desarrollo de ciudades inteligentes y sistemas productivos sostenibles requiere profesionales con habilidades en gestión de proyectos, tecnología, ingeniería ambiental, eficiencia energética, análisis de datos y tecnología urbana.
Esto implica no solo atraer talento internacional, sino capacitar a la fuerza laboral local para liderar, operar y mantener estas transformaciones. Invertir en educación técnica y en alianzas con universidades e instituciones de formación técnica es tan crucial como invertir en infraestructura física.
Para los empresarios latinoamericanos, este contexto es una ventana de oportunidades. La reconstrucción de Venezuela con una visión sostenible puede convertirse en un motor de crecimiento regional, generando cadenas de valor que integren proveedores, tecnologías y capitales de países vecinos.
El dinamismo del comercio entre Colombia y Venezuela, que ha mostrado crecimientos significativos en los últimos años, indica que existen condiciones para fortalecer la integración productiva y logística en la región.
Asimismo, la posibilidad de estructurar proyectos con criterios de sostenibilidad y eficiencia abre puertas para financiamiento internacional, asociaciones público-privadas y fondos de inversión que buscan activos alineados con criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG). Estos capitales, cuando se estructuran sobre bases sólidas, pueden catalizar la transformación de ciudades, industrias y servicios públicos, generando impactos económicos y sociales duraderos.
Venezuela enfrenta desafíos, sin duda, incluyendo la necesidad de estabilizar su economía, restaurar la confianza de los mercados y asegurar marcos regulatorios claros. Pero precisamente esa necesidad de reconstrucción ofrece una ventaja única: la posibilidad de planificar y ejecutar proyectos desde cero, con un enfoque integrado en sostenibilidad ambiental, eficiencia de recursos y competitividad económica.
Para los inversionistas estratégicos, los formuladores de políticas públicas y las empresas que piensan a largo plazo, este es un llamado a ver más allá del corto plazo y a imaginar un futuro en el que Venezuela puede ser un ejemplo de cómo reconstruir una economía e infraestructura urbana de forma ordenada, sostenible y rentable.
Por: Ingeniero químico Juan Pablo Agudelo Silva, especialista en Derecho Minero Energético y magíster en Ciudades Inteligentes
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