Desconocer la extrema necesidad que tienen hoy cerca de 300 mil venezolanos que están en riesgo de perder su vida por falta de alimentos y medicinas es inútil y va contra toda lógica.
El plazo anunciado para el paso de las ayudas por los cuatro puentes que unen a Norte de Santander con el Estado Táchira generó una expectativa para millones de personas que ayer, quedó anulada con las escenas de heridos, destrucción y caos que se presentaron desde tempranas horas.
Pero lo sucedido ayer era, de alguna manera, previsible, y la única forma en que hubiera podido evitarse pasaba por separar el tema político del humanitario. Porque en el fondo, es la vinculación de uno de los sectores enfrentados por el poder en Venezuela, lo que impidió que organismos neutrales, como la Cruz Roja Internacional hubieran sido los encargados de ingresar una ayuda urgentísima de la que el mundo entero sabe que es necesaria, en especial la relativa a medicinas, para salvar vidas de muchas personas in extremis.
Sin embargo, pesó más el hecho de que esta operación, además de aliviar al pueblo, tiene también el objetivo de presionar diplomáticamente la salida de un mandatario que ya casi nadie reconoce, ni sus propios ciudadanos, y que ha llevado a una de las naciones con más petróleo del mundo por el camino de la miseria.
Los presidentes de Colombia, Estados Unidos, Paraguay y Chile apostaron a ganar un pulso que, desafortunadamente no se dio, pues calcularon que sería fácil doblegar la resistencia de las Fuerzas Armadas Bolivarianas y anotarse un gran punto a favor llevando las ayudas al otro lado de la raya, pero no fue así.
Contra el deseo de los cuatro gobiernos comprometidos en la tarea de llevar la ayuda que tanto necesita el pueblo venezolano, Maduro dispuso de la fuerza represiva de la Guardia y los colectivos para evitar, a costa de lo que fuera, que la oposición lograra ingresar a paliar las enormes necesidades de sus ciudadanos.
Quizás no muchas, sino una sola vida que se hubiera salvado con la ayuda que se incendió en el puente Santander hubiera hecho mucho más que todo el caos y la radicalización generados hoy.
Causa dolor e impotencia saber que centenares de jóvenes inermes, convencidos de ayudar, se enfrentan a un poderoso aparato militar que está dispuesto a hacer lo que sea necesario –incluso enfrentar a civiles indefensos con perdigones, balas y gases– por defender lo que se les ha ordenado.
Uno de los 60 militares venezolanos que hoy decidió abandonar las filas de la Guardia Nacional y pedir asilo en Colombia confirmó lo que el mundo entero vio: “la orden de Maduro es masacrar al pueblo”, dijo.
No es momento sino de lamentar lo ocurrido, que se pudo evitar si por un momento le hubieran dado una mejor oportunidad a la humanidad de los venezolanos y no a la política. ¿Qué puede importarles la política a los enfermos graves y a los que tienen hambre en el país vecino? Absolutamente nada. ¿Por qué no pensar primero en ellos?
La decisión de Maduro de romper relaciones con Colombia, no solo implica que el cuerpo diplomático y todos los cónsules deberán volver a Colombia y cerrar todas sus oficinas; tampoco habrá más paso nocturno de mercancías y los fronterizos que día a día van de un país a otro a trabajar, a comprar comida y medicinas, no podrán pasar.
Aunque muchos en el mundo les cueste reconocerlo, hoy quedó claro que este pulso inicial lo ganó Maduro. Pero todo parece indicar que la semilla ya está sembrada y que, solo es cuestión de tiempo para que el cambio que el país mismo parece pedir a gritos, empiece a hacerse realidad.
