Las palabras del exjefe negociador de la desmovilizada guerrilla de las Farc, Iván Márquez, del comienzo de “la segunda Marquetalia” y la reacción en Twitter del senador Álvaro Uribe de reclamar bajar el acuerdo de paz de la Constitución y reformarlo, muestran las caras extremas de la declaratoria de guerra de varios exlíderes de esa organización que se pasaron a la disidencia.
La decisión de Márquez, Santrich, Romaña, Iván El Loco, entre otros de rearmarse, es una pésima noticia que, ojalá, ni siquiera debiera ser tomada para obtener réditos políticos por parte de quienes desde siempre han cuestionado, criticado y tratado de desmontar o modificar los acuerdos de paz.
Es muy grave para el país y en especial para Norte de Santander que hoy cruza por dos coyunturas absolutamente delicadas: la peligrosa situación de orden público que otra vez golpea al Catatumbo, donde municipios como Tibú, en sus índices de homicidios está por encima de Valledupar o Ibagué, y la crisis migratoria sin precedentes proveniente de Venezuela.
Además, donde llegue a materializarse la alianza planteada con la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (Eln), con fuerte presencia en esta zona fronteriza, el detonante de inseguridad podría alcanzar dimensiones insospechadas, que obligará entonces al Gobierno Nacional a reformular las estrategias, como ya empezó a hacerlo al ofrecer millonarias recompensas por los excabecillas de las Farc que se devolvieron a la clandestinidad a confrontar al Estado.
En medio de la marejada ocasionada por esta notificación que ya comenzó a ser evaluada para determinar si finalmente será una carga de profundidad que desestabilice el pacto de paz, surge el desconcierto porque Iván Márquez con la determinación contradice, por ejemplo, lo que dijo en enero de este año: “los brazos en nombre de la paz seguirán levantados”. En esa oportunidad aún tenía ese ramo de olivo, pese a las fuertes críticas que lanzó contra el desarrollo del proceso.
Escalar el conflicto armado es lo que menos le conviene a Colombia en estos momentos y por eso el agravamiento de la situación, ante el surgimiento de la nueva guerrilla, aunque el Ministerio de Defensa asegure que no se trata de nada de eso, debe mover a la comunidad nacional e internacional a emprender acciones de diversa índole para que la situación no se salga de las manos y caigamos otra vez en la oscura noche de los baños de sangre.
Por un lado está la acción del Estado de mantener y preservar la institucionalidad y con sus Fuerzas Armadas garantizar la seguridad, pero desde el frente político y cívico es indispensable trabajar aceleradamente porque las aguas de una paz imperfecta, que es mejor que una guerra perfecta que no se sabe a dónde irá a parar, vuelvan a su cauce, aprovechando que Timochenko y otros exlíderes farianos, así como muchos miembros de las bases de esa guerrilla, se mantienen firme en la desmovilización.
El rearme, la exacerbación del enfrentamiento fratricida no nos dejará nada bueno. Los únicos beneficiados serán la industria de la muerte, los señores de la guerra, los carteles de las drogas, los corruptos que hasta en medio de las bombas y balas llegan a pescar y a acrecentar sus alforjas, mientras el sufrimiento mayor lo lleva a cuestas el pueblo colombiano. ¡No más balas!
