Corea del Norte y Corea del Sur, vecinos que todavía tienen las heridas abiertas por la famosa guerra de 1950 y llevan 71 años de conflictividad permanente, restablecieron hace pocos días las comunicaciones telefónicas entre los dos gobiernos, las cuales duraron suspendidas más de un año.
Ese referente indica que aunque hay situaciones irreconciliables y abismos ideológicos al igual que visiones radicalmente opuestas sobre el desarrollo, hay asuntos que no pueden dejarse abandonados como por ejemplo la seguridad fronteriza y la atención a los connacionales.
Reflexionando encontramos que la frontera colombo-venezolana es otra prueba para el mundo sobre cómo los radicalismos gubernamentales en el manejo de las relaciones con ciertos vecinos terminan abonándoles el terreno a la criminalidad, el terrorismo, el narcotráfico, la trata de personas y el contrabando de mercancías y de armas.
El mejor resumen de lo ocurrido lo hizo León Valencia de la Fundación Paz y Reconciliación (Pares), cuando dijo: “Este es el peor momento de la frontera en los últimos 15 años, con 28 grupos armados ilegales 13 de ellos transnacionales, y la casi nula presencia de los dos estados. Es un territorio sin Dios ni Ley, tomado por los ilegales”.
Y el secretario de Fronteras de la Gobernación de Norte de Santander, Víctor Bautista, desde la orilla gubernamental admite que el cierre de los puentes lo único que ha hecho es estimular la ilegalidad y la criminalidad.
“Desde el primer cierre, en agosto de 2015, hasta ahora empezamos a evidenciar cuánto cuesta un cierre en términos de seguridad, de ilegalidad, de impacto a los fenómenos sociales, económicos y a la movilidad”, es una de sus consideraciones en la cual tiene coincidencia con la gobernadora del estado Táchira, Laidy Gómez.
Ellos dicen que cada 24 horas que los pasos limítrofes permanecen cerrados, es una cuenta de suma de puntos a favor de los ilegales.
Con las relaciones diplomáticas rotas, sin consulados y ni una línea de contacto entre los gobiernos de Duque y Maduro, bien sea desde sus cancillerías o por medio de un tercer Estado que sirva de enlace, Colombia y Venezuela andan como Caín y Abel o como dos enemigos que no quieren dar el brazo a torcer, pero sí afectando a los pueblos.
Lo único que se escucha desde Bogotá y Caracas son diatribas, amenazas, acusaciones, señalamientos y pedidos de condena internacional, y sin ni siquiera exponer la más mínima posibilidad de acercamiento.
Por ejemplo, con la oleada migratoria al no haber una sola autoridad consular de ese país aquí, a ellos les resulta imposible hacer sus trámites y por eso deben de estar en ese ir y venir por la trocha.
Pero lo mismo pasa con los colombianos, que al no haber allá en Venezuela ni una oficina que vele por sus intereses, están abandonados a su suerte.
Y por lo que se advierte en el panorama, la situación no tiende hacia ningún cambio sino a oscurecerse todavía más el panorama que seguirá degradando la condición de una región que otrora fuera considerada la frontera más integrada y más flexible de América Latina.
O sea que como lo afirmara Bautista en una entrevista con La Opinión, hoy no hay un manual para administrar una frontera cerrada ni tampoco hay un manual en el mundo que diga: cuando se rompen relaciones diplomáticas hay que hacer esto o esto, sino que toca desarrollarlo al ritmo de los acontecimientos, en tiempo real.
