Con la bandera del peronismo puro y duro, Néstor Kirchner le dio nuevas fuerzas y alas al populismo argentino, cuando un giro de la historia les indicaba un nuevo rumbo a grandes masas necesitadas de solución. Entonces, llegaron Chávez, Correa, Morales, Ortega, Zelaya…
El populismo siempre ha anidado en la política Latinoamericana, con los resultados de relumbrón que de ordinario genera un proyecto que desconfía de la ‘democracia oligárquica’ pero predica la necesidad de un estado intervencionista que satisfaga las demandas sociales y permita la participación de los ciudadanos.
No de todos los ciudadanos, claro está, sino de aquellos que forman parte del aparato impuesto por la ‘dictadura de las mayorías’, en lo cual el populismo solo imita los vicios que combate, como la exclusión política, donde germinó.
Es tan arraigado el populismo en esta parte del mundo, que analistas de la política lo llaman democracia latinoamericana o latinpopulismo, pero, en el fondo, no es más que un populismo de tercera generación: reivindica el papel del Estado como defensor de los intereses generales de la población a través del estatismo, el intervencionismo y la seguridad social, con el fin de lograr justicia social y Estado de bienestar. Además, promueve el alejamiento del ‘imperialismo’ de Washington.
Solo que está empezando a destruirse; lo hace él mismo, apresuradamente, ensimismados como están sus líderes en cultivar su aureola de redentores de los ‘descamisados’ o de los indios siempre marginados o del pueblo socialista.
En Argentina, en donde, desde los años 40, el populismo ha estado siempre presente en la gran política, 12 años de kirchnerismo pasaron a la historia, y de la mano se llevaron al recuerdo la versión más refinada del latinpopulismo. Las otras versiones, Bolivia, Ecuador y Venezuela, avanzan también rápido y por la misma vía sin retornos: Evo Morales y Rafael Correa están pensando en dejar el poder.
Con Juan Domingo y Evita Perón, Argentina comenzó a rellenar de ideas el populismo que les llegó desde la Europa fascista (Getulio Vargase, Brasil, fue otro de los pilares del populismo a la manera latinoamericana) y le dieron forma de antielitista, que tanto gusta a los gobernantes populistas, de promotor de la igualdad social, de predicador de lo emocional sobre lo racional, de gestor de la movilización social y el liderazgo carismático. En el fondo, imprimieron al populismo el carácter de proyecto entre democracia y autoritarismo.
Y así lo entendieron, en la segunda generación, los populistas de izquierda (Torrijos en Panamá, Morales en Perú) y de derecha (Fujimori en Perú, Menem en Argentina…)
Con la bandera del peronismo puro y duro, Néstor Kirchner le dio nuevas fuerzas y alas al populismo argentino, cuando un giro de la historia les indicaba un nuevo rumbo a grandes masas necesitadas de solución. Entonces, llegaron Chávez, Correa, Morales, Ortega, Zelaya…
Kirchner enseñó, y su mujer y los demás se encargaron de configurar una plataforma ideológica basada en una cada día mayor intervención del Estado, el rechazo sistemático al modelo ‘neoliberal’, la insistencia férrea en la inclusión de los marginados en la política, y en la necesidad de que las masas identifiquen al Estado con el gobernante.
El modelo se agota cuando tampoco es capaz de responder a la necesidad de bienestar de las gentes. Y, entonces, el régimen populista cae, decrépito, por su propio peso.
Ahora, Argentina tomará la vía del centroderechista Mauricio Macri, un empresario y dirigente deportivo que siente antipatía por el régimen de Venezuela, al que su antecesora defendía y promovía con ahínco.
Ante las perspectivas de la derrota, Correa y Morales, en Ecuador y Bolivia, están pensando en que lo mejor que pueden hacer, para salir no en andas, pero sí por la puerta delantera, es no insistir y retirarse.
Fue la última lección que aprendieron de los Kirchner, la que ellos, de pie sobre su soberbia, no aplicaron.
Estos parecen los últimos días de este modelo modificado de gobierno, pero no del populismo. Ese espejismo todavía atraerá a mucha gente…
