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Editorial
Patética realidad
De esa misma sombría realidad hacen parte las carencias acumuladas en los establecimientos que tienen a su cargo la prestación de los servicios de salud en diferentes niveles.
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La opinión
La Opinión
Viernes, 1 de Mayo de 2020

La pandemia del Coronavirus puede no ser un fenómeno tan sorpresivo, aunque para gran parte de la población mundial fue un golpe inesperado, cuya contundencia sumió a casi todas las naciones en confusión abrumadora por los efectos letales que empezó a generar. La contundencia del hecho se refleja también en la devastadora erosión de las actividades productivas que son el soporte de la economía y la fuente de sustento en la vida de los pueblos. De un momento a otro todo se contrajo y se dieron cambios que modificaron las relaciones cotidianas entre las personas de diferentes estratos sociales, corrientes ideológicas o identidad étnica. 

En Colombia el COVID-19 ya deja estragos muy negativos. Además del índice de contagio y de mortalidad a que ha llegado, ha provocado el aislamiento social mediante un rígido confinamiento para evitar la propagación de la enfermedad y la consiguiente pérdida de más vidas. El control preventivo obliga a una disciplina colectiva de riguroso cumplimiento. No puede ser de otra manera porque sería como abrir las compuertas a una anarquía de consecuencias desastrosas. 

Afortunadamente ha habido comprensión y se han cumplido los protocolos. Es la defensa de la vida, para salvarla en la mayor medida posible.

A esos resquebrajamientos que tanto peso tendrán en la vida de todos debe tomarse en cuenta la patética realidad que se surte de otras desbordadas situaciones. El derroche de trampas en la compra de mercados para ayudar a los más necesitados es una conducta abusiva lamentable. Porque convertir la ayuda a los pobres en una operación de picardía configura una aberración repudiable. Corresponde a los órganos de control y a la administración de justicia ejercer toda la autoridad en defensa de la ética y el correcto manejo de los recursos públicos. Uno y otro se corresponden y esa articulación debe prevalecer.

De esa misma sombría realidad hacen parte las carencias acumuladas en los establecimientos que tienen a su cargo la prestación de los servicios de salud en diferentes niveles. Hospitales, clínicas o centros con funciones auxiliares no cuentan con las dotaciones adecuadas para atender enfermos con la gravedad de coronavirus. Y fallan en el equipamiento necesario para el cumplimiento de funciones que son de su competencia. A lo cual debe agregarse la insolvencia presupuestal para pagar salarios y prestaciones al personal médico y los trabadores que complementan su trabajo profesional. Es un desgreño que afecta seriamente el sistema de salud en el país.

La verdad es que ante la pandemia que se está padeciendo se debe tomar en cuenta todo lo negativo que ha generado. Ha cambiado la vida en forma abrupta. Ha develado debilidades y condiciones de vida que deben obligar a correctivos sin tardanza. Igualmente debe llevar a la erradicación de factores que hacen vulnerable la existencia de quienes han sido condenados a la exclusión. Ahora se trata no solamente de encontrar una vacuna para inmunizar a toda la población contra la enfermedad del COVID-19 sino también de curar el mal de la desigualdad social y estimular la solidaridad entre todos los seres humanos para ponerle barreras a las adversidades. Que no se repita para que la alegría colectiva no sea frágil como la que siguió al final de la peste descrita en su novela por Albert Camus.

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