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Editorial
Otra vez el conflicto
Lo del atentado contra Fiscalía, en Ocaña, y ahora lo de La Playa de Belén pareciera volverse un hecho recurrente en el Catatumbo.
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Lunes, 8 de Julio de 2019

Cuando se creía que el posconflicto iba a ser el común denominador en Colombia y en un departamento tan martirizado como lo ha sido Norte de Santander, la ocurrencia de un hecho tan grave como el del ataque con granadas y explosivos a la sede de la Fiscalía en Ocaña, es el último acontecimiento violento ocurrido en la zona del Catatumbo, que ratifica las serias dificultades para consolidar la paz y la desbordada conflictividad de otros actores armados ilegales.

Que suceda una acción de esta naturaleza en Ocaña, la segunda ciudad del departamento, donde se supone que deba haber una mayor seguridad, llama la atención porque también podría convertirse en un escalamiento del conflicto en la ciudad, que lamentablemente en los últimos meses muestra un recrudecimiento de delitos como el secuestro.

Y mientras el territorio ocañero que hace parte del Catatumbo, enfrenta esta delicada encrucijada que bien podría ser una retaliación contra la Fiscalía por los golpes dados contra organizaciones que delinquen en la región, o de nuevo la ‘urbanización del conflicto’ por parte de actores como la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (Eln), de la que se sospecha pudo haber sido la autora de la explosiva operación.

Al evaluar lo sucedido y encajarlo con lo que ha ocurrido en Hacarí, Teorama y ahora en La Playa, también todos municipios catatumberos, el resultado no es otro que el de un gran foco de inseguridad alimentado por la sangrienta guerra que libran entre sí organizaciones armadas al margen de la ley por el control territorial y el manejo de intereses de toda índole, dentro del que se incluye el poderoso negocio del narcotráfico, con sus cultivos ilícitos incluidos.

Lo de la Fiscalía y ahora lo de La Playa de Belén, pareciera volverse un hecho recurrente y de nunca acabar, donde los factores de las economías ilegales, el desplazamiento, los asesinatos, secuestros, amenazas, atentados, así como la intimidación y muerte violenta de líderes sociales, se convierten en ingredientes de un caldo de cultivo de violencia que arrastra a toda esta rica pero igualmente martirizada región nortesantandereana.

Además, lamentablemente después de la desmovilización de la antigua guerrilla de las Farc, como sucedió en otras partes del país, aquí también resurgieron las disidencias que también han aportado su cruel cuota de violencia, como si ya no fueran suficientes la zozobra y el miedo que se apoderaron de los habitantes de esas localidades.

¿Y qué hay que hacer? Las respuestas son tan diversas como las siguientes: Que haya erradicación manual y sustitución de cultivos ilícitos. Que haya fumigación. Que se desarrolle un ambicioso plan para la recuperación económica y social  y la conectividad vial del Catatumbo. Que se mantenga la militarización y las contundentes operaciones contra el tráfico de drogas y de armas y el contrabando. Que se consolide y empiece  a operar la Universidad del Catatumbo. Que el documento Conpes para región salga del papel a la realidad.

Como se lee, son muchas las posiciones que desde las diferentes orillas se plantean para enfrentar la crisis que embarga a tan importante, rico, diverso y complejo territorio catatumbrero nortesantandereano, donde la consolidación de la paz y el desarrollo no dan más espera.  

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