El 18 de mayo de 1875, a las 11:15 de la mañana, ocurrió el terremoto que dejó en ruinas a Cúcuta y municipios vecinos como Villa del Rosario y San Antonio del Táchira.
Al rememorar ese desastre del cual resurgió la ciudad, es indudable observar que hoy tenemos nuestros ‘terremotos’ que nos remecen para recordarnos la urgencia de actuar.
Uno de ellos y que genera movimientos con diversas intensidades, todas preocupantes, tiene que ver con el deterioro de las condiciones socio-económicas de la población, lógicamente acelerado por la pandemia del coronavirus.
“17.000 personas salieron de la clase media en 2020”, fue el titular noticioso relacionado con una medición elaborada por el DANE, teniendo en cuenta el ingreso real que en la capital de Norte de Santander perciben los ciudadanos para atender sus necesidades y compromisos.
La gran conclusión del reporte emitido por el organismo gubernamental, es que en Cúcuta el 53,5 % de la población es pobre, el 27,9 % es vulnerable, el 17,8 % es de clase media y el 0,8 % pertenece a la clase alta.
Quienes dejaron de pertenecer a la clase media no fue porque subieran los ingresos y las condiciones mejoraran para subir al siguiente nivel, no, ellos cayeron a la condiciones de vulnerables o pobres, arrastrados por los ‘terremotos’ de la pérdida de empleo, las quiebras empresariales o la drástica caída de los ingresos.
Debemos recordar que antes de que estallara la crisis sanitaria, esta ciudad fronteriza no andaba muy bien en los indicadores de la fuerza laboral contratada, arrastraba unos niveles preocupantes de informalidad, el sector empresarial enfrentaba dificultades agravadas por el cierre de la frontera y tampoco nos iba bien en asuntos relacionados con la pobreza y la miseria.
La fuerza de la pandemia con su telúrico impacto, obviamente que estremeció el de por sí preocupante escenario cucuteño, desencadenando situaciones tan preocupantes como la de que muchas familias no comen ya sino una o dos veces al día.
Esto dijo el DANE: antes de la cuarentena y del aislamiento preventivo el 99,3% de los hogares cucuteños consumía tres comidas al día, posteriormente esta cifra disminuyó hasta el 79,3%.
Ese ‘terremoto’ del hambre en la ciudad merece una urgente acción de la Alcaldía, del Gobierno Nacional y de organizaciones como el Programa Mundial de Alimentos, pues de ahí sobrevendrá la desnutrición que a su vez degenerará en enfermedades y en altos factores de riesgo de muerte para quienes son afectados.
En medio de todo esto, con un desempleo juvenil del 31,2% mientras que la tasa de desocupación que arrastran las mujeres es del 26,8%, lo evidente es que la espera no es la opción y que una urgente política de empleo debe implementarse para estos importantes segmentos de la población.
Nuestro otro ‘terremoto’ se manifiesta en la inseguridad urbana y rural en Cúcuta, cuyo territorio de algunos corregimientos es territorio de guerra entre la guerrilla del Eln y la organización paramilitar Autodefensas Gaitanistas que han dejado muerte, desplazamiento y zozobra, en medio de una conflictividad que tiene como gasolina, el narcotráfico.
El panorama es complicado no nos cabe duda, pero es urgente pasar a la acción, sin más análisis porque hay suficiente diagnóstico, lo que se necesitan son respuestas concretas, sólidas y realizables, así como la que se dio para el resurgir de aquel cataclismo de 1875.
