Según dijo Juan Fernando Cristo, renunció al ministerio de Interior “en un momento histórico muy importante para el país: o avanzamos y consolidamos la paz, o retrocedemos a la guerra”.
Y para que no haya dudas, irá a las plazas públicas a defender la paz, porque el debate electoral que se aproxima girará en torno a la guerra y la paz.
Otra cosa piensan, sin embargo, los electores, y con razón, pues, contra toda opinión política, las elecciones se ganan con base en la percepción que haya en torno de asuntos sin resolver, no de los que la gente siente resueltos, satisfechos. Y, para Colombia, la paz es una realidad. Hace largos meses que la actividad militar en relación con las Farc es historia, y los ciudadanos la consideran una realidad inmodificable.
En cambio, factores como el desempleo, la salud y la corrupción son para la opinión pública, de una importancia mayúscula, y cualquiera que los incluya en el discurso de campaña verá incrementarse sus posibilidades de éxito.
No hay empleo, no hay ni siquiera regular atención en salud, y la corrupción es la gangrena del Estado, y todo esto pesa en la conciencia y en las necesidades de los colombianos. Es lo que han expresado en reiteradas consultas populares…
Pero, desde luego, la sensación de paz que se vive es solo una situación muy frágil, y en cualquier momento puede volverse añicos. Por eso, Cristo decidió irse a la calle a defender esa fragilidad y a superarla.
Porque, si bien es cierto que la sensación embriagadora de tranquilidad que viven zonas de Colombia donde se dejó se sentir la guerra es tangible, también es cierto que hay sectores políticos que prefieren la guerra a la paz, y que en cualquier momento pueden convertir los sueños en una pesadilla sin fin.
Solo es cuestión de descuidarse un instante, y el humo de la batalla y los gritos de los heridos y la sangre corriendo en ríos se volverán, otra vez, el pan da cada día, per sæcula sæculorum, porque todo se reanudará con mayor rigor. Bastará otra de tantas mentiras que se han echado a rodar en torno del proceso de paz.
En este sentido no es nada fácil la tarea que se impuso el exministro Cristo, pues convencer a la gente de que lo que siente, la ausencia de guerra, no es una realidad definitiva es un trabajo que exige muchos esfuerzos.
Tendrá que ir de pueblo en pueblo, convenciendo a las gentes de la fragilidad de la paz, del peligro de que la guerra vuelva y de la necesidad de reforzar el pacto con las Farc en las urnas, y esa es una labor ingrata. En síntesis, deberá convencer a los colombianos de que la paz no es una situación resuelta, sino una pendiente.
No podrá, por ningún motivo, ni dar paso atrás ni permitir que el proceso de la paz lo haga, y deberá saber que su trabajo no será tanto por los colombianos de hoy, para quienes la calma les parece definitiva, sino para los del futuro.
Y eso no da votos.
