Ahora, después de que fue arrestado y acusado de al menos 12 asesinatos, todo el mundo se pregunta dónde estaban los demás, que permitieron que un niño de 14 años se convirtiera en un siniestro sicario en Medellín.
¿Dónde están los padres, que permiten que esté en la calle? ¿Y dónde están los maestros, que no lo tienen en un aula estudiando? ¿Dónde está la Policía, que no vigila bien las calles para que no asesinen a la gente?
En este, y en todos los casos de niños delincuentes la pregunta adecuada es ¿dónde estábamos todos, qué hacíamos, mientras esos muchachos asesinaban con sangre fría escalofriante, robaban, atropellaban, violaban —también lo hacen—, y, en fin, saltaban de la niñez a la adultez sin siquiera darse cuenta, a través del peor camino: el farragoso del crimen..?
No se trata de excusar al Estado, que al fin y al cabo todos lo somos, ni a un gobierno determinado, sino de situar las responsabilidades donde deben estar, en toda la sociedad, completa, sin excepciones, con todas sus organizaciones y todas las entidades, públicas y privadas, que tienen que ver con una sociedad mejor.
Hay que ser claros: si hay niños solos en las calles, ya sea trabajando con el objetivo que sea; vagando, mendigando o delinquiendo, hay un gran responsable, aunque siempre que se le señala busca cómo escudarse: el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Para él, la pregunta es ¿dónde ha estado todos estos años en los que la delincuencia infantil ha crecido de manera desmesurada, escandalosa y, al parecer, irreversible?
El primero en responder, luego de los padres, debe ser el Icbf, el organismo burocratizado y desentendido que, se supone, es el encargado de velar por el bienestar de la familia y, de manera especialísima, de los niños. Al Icbf se le deberá señalar con el dedo cada vez que un niño sea abusado en sus derechos, cada vez que un niño pida comida en la calle, cada vez que un niño delinca. Porque un solo delito infantil más que pone en entredicho al Estado: niega su existencia.
¿Alguien está en capacidad de comprender la realidad de un niño que a los 14 años ha asesinado a 12 personas, sin siquiera pestañear, con destreza tal en el manejo de armas de fuego que realmente escandaliza? ¿Y qué clase de monstruos están detrás de él adiestrándolo, estimulándolo, incitándolo y facilitándole todo para matar a otros?
También debe señalarse a la Policía, por la ineficacia de sus publicitados y repetitivos planes de seguridad que nada positivo dejan, que no ha sido capaz de neutralizar esta actividad de adiestrar niños para cometer delitos, bajo el supuesto de que antes de los 14 años no se les pueden imputar.
Y, por estos días, hay que mirar hacia el ministerio de Defensa y la propia presidencia de la República, por su idea de permitir a los particulares, de nuevo, portar y usar armas de fuego de defensa personal, en vez de mantener a rajatabla la prohibición que estaba vigente. Por un lado está la demostración de que es débil el Estado, y que tiene que ayudarse concediendo licencias de armas. Y, por otro, es al menos imaginable, la posibilidad de que un arma autorizada caiga en manos de un niño como el capturado en Medellín.
Aunque, desde luego, la culpa, repetimos, es de todos los miembros de esta sociedad desquiciada e inmune a las buenas prácticas de convivencia…
