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Editorial
Empleados del pueblo
La referencia concreta a los concejales cucuteños se refiere a la costumbre que tienen de asistir a las sesiones solo por justificar sus honorarios.
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Martes, 2 de Abril de 2019

Una característica odiosa de la democracia colombiana tiene que ver con la imposibilidad casi absoluta de que el servidor público acepte que se debe al pueblo, que es su empleado, no el del partido o el del gamonal de turno. Y esto es válido en todo momento y para todos, incluido el presidente de la República.

Y si el presidente es un empleado más, al que el pueblo, con los impuestos, le paga para cumplir el mandato otorgado en las urnas, con mucha mayor razón lo son otros, como los concejales, sean de donde sean. Incluidos, claro, los de Cúcuta.

Y la referencia concreta a los concejales cucuteños se refiere a la costumbre que tienen, de asistir a las sesiones solo por justificar el pago de sus honorarios, y de que no les acumulen faltas que los llevarían a tener que responder demandas e investigaciones de los órganos de control, cuando a estos les da por trabajar…

La asistencia en esas condiciones, se traduce en sentarse a dedicar el tiempo al teléfono celular: hay momentos en que salvo el orador de turno, todos, desde los directivos hasta el último concejal, están cabizbajos, concentrados en chatear o en responder mensajes o, simplemente, en revisar el contenido de las redes sociales.

¿Por qué no prohíben el uso de celulares mientras están en sesión? Ninguno puede argumentar nada en contra de la idea. Al fin y al cabo, ¿cuántos concejos, antes del actual, cuando allí se trabajaba y se hacía grande a la ciudad, trabajaron sin esos aparatos, por la elemental razón de que no existían? Eso demuestra que para coadministrar el Municipio no hacen falta ni celulares ni nada diferente de la voluntad de hacer las cosas bien.

Prohibir el celular mientras sesiona la corporación puede evitar situaciones tan embarazosas como la de este lunes, cuando, salvo Nelly Santafé, única mujer en el Concejo de Cúcuta, fue consciente de lo que se votaba. Y fue su no, el que a otro concejal despertó de su estado de letargo digital. Preguntó a la colega por su voto negativo, y ella, consciente de todo, respondió: porque no voy a votar a favor de reconocer la tarea de una entidad a la que se debe una situación lamentable en lo migratorio. Sobresaltados por la explicación, los demás concejales también despertaron, y uno preguntó: ¿luego qué estamos votando?

Salvo Santafé y el ponente, y quizás el secretario, lo sabían. Al enterarse de que se votaba una proposición para reconocer la tarea de Migración Colombia, y en vista de que no se podía rectificar el voto, optaron por convencer al ponente de retirar la proposición. Y eso se hizo.

Quizás a alguien le parezca una situación jocosa, pero la verdad es que se trata de un episodio vergonzoso, deleznable, injusto por donde se mire, inexplicable y aberrante. Votar sin saber qué, significa que a los concejales no les importa nada ni de sus conciudadanos ni de sus electores ni de la ciudad. Solo los honorarios y alguno que otro beneficio de los que, en los corrillos, se habla en detalle.

Se podría apelar a una frase recientemente puesta en boga por una dirigente política que gritó ‘estudien, vagos’ y cambiarla por ‘trabajen, vagos’, y ampliarla para que cobije a los concejales, en especial a los más jóvenes, que han impuesto otra costumbre: responder al llamado a lista, sentarse mientras hacen una llamada telefónica, desde el celular, por supuesto, e irse hasta la próxima sesión. Sin contar con los que nunca van. Y a todos hay que pagarles por eso…

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