La insistencia en proponer un Estado de Opinión por encima de un Estado de Derecho no parece ser tanto del senador Álvaro Uribe Vélez como del Gobierno, enfrentado como está a las consecuencias de su grave pérdida de imagen por razón de la inexperiencia presidencial, como por el incumplimiento de promesas sentidas que todos los colombianos dimos como hechas y su incapacidad para actuar.
El Gobierno se siente cercado por las leyes y la Constitución, por ejemplo, en relación con el acuerdo con las Farc y la Jurisdicción Especial para la Paz, y en busca de actuar con manos libres, pretende acudir a la opinión de las mayorías, veleidosas, manipulables, inseguras e inciertas, para saltar la barda hacia formas de poder más amplias y concentradas.
Alrededor del asunto se ha dicho una verdad a medias, lo que significa que se ha mentido: el Estado de Opinión solo es superior al Estado de Derecho cuando la sociedad tiene completa educación política y claridad absoluta para entender lo que se pone en juego, y que tiene que ver con la supervivencia de la democracia. Si se trata de las mayorías, en Colombia estas se inclinan por el sentido del último y más veintejuliero discurso, o por el partido y los políticos más y mejor publicitados, o por el que diga quien tiene que decir, o por el que mejor pago ofrezca por el voto.
Y, así, el Estado será siempre un remedo, un embeleco, un pretexto para que quienes lo administren puedan hacer y deshacer sin tener que rendir cuentas. Al fin y al cabo, lo que se busca de un Estado de Opinión es la posibilidad abierta de actuar con base en el unanimismo conceptual de la masa informe, ignorante, influenciable, que valide toda decisión. La voz del Gobierno será la voz de todos…
En un Estado de Opinión, los reyes serán aquellos políticos con acceso a espacios a través de los cuales se podrá manipular toda opinión y sembrar el mensaje adecuado. Pero esas no serían ni una sociedad libre ni una opinión autónoma.
Y, si tuviera autonomía, ¿qué clase de decisiones se tomarían, en economía, por ejemplo, en una sociedad cuyos miembros, sin la escolaridad suficiente, llenos de dudas, desconocedores de los conceptos económicos básicos, respaldaran ideas que, a la larga, los afectaran, sin posibilidad alguna de modificarlas o reversarlas?
Apelar a la opinión pública para gobernar es acudir a un mecanismo erróneo y cuestionable, pues expresa, fundamentalmente, ‘estados de ánimo cambiantes e irreflexivos generados por la manipulación mediática sobre conciencias ignorantes, pero ansiosas de superar la desesperanza que ofrecen las penurias del diario vivir’.
Un gobierno malo, podría planificar de tal modo una acción de importancia para el día anterior a las elecciones, que podría capitalizar la opinión a su favor y determinar el resultado según sus preferencias. Así, en las urnas se validaría a un gobernante o a un gobierno que de otra manera no hubiera podido conmover a nadie.
Quizás, si el gobierno de Iván Duque no estuviera afrontando dificultades serias, como lo está, la idea del Estado de Opinión hubiera quedado donde la dejó el propio Uribe hace algunos años. Pero Duque, el partido de Gobierno y el Gobierno mismo necesitan salir de la situación en la que están entrampados, y por eso la idea volvió a flotar.
