Hace 20 años la humanidad asistió a un dantesco espectáculo que pudo seguir desde la comodidad de su hogar, en la oficina o en la fábrica como si se tratara de una película de teorías conspirativas, en la cual terroristas convirtieron en proyectiles aviones comerciales llenos de pasajeros para derribar las Torres Gemelas en Nueva York y atacar el Pentágono, en Arlington, Virginia.
El osado atentado cometido por Al-Qaeda todavía hoy les tiene afectada la vida a los estadounidense, como lo detectara en agosto una encuesta de Gallup: para el 26 % permanece el miedo a volar en avión; el 27 % aún siente temor de subir a los rascacielos; un 36 % está menos dispuesto a viajar al exterior y 37 % se resiste a asistir a eventos con miles de personas.
Aquí se evidencia como los atacantes no solamente buscaron alcanzar un objetivo geopolítico de gigantesco impacto como el de atentar contra la más poderosa potencia, sino que provocaron una expansión tan profunda del miedo entre la población, que sus secuelas han perdurado en el tiempo.
Es por eso importante recordar que los atentados fueron perpetrados por 19 terroristas que desviaron cuatro aviones de pasajeros para estrellarlos contra los símbolos económicos, militares y políticos de Estados Unidos.
Es que de lógica la ocurrencia de un acontecimiento como ese, en donde en menos de dos horas, las torres del World Trade Center fueron reducidas a una montaña de polvo y acero incandescente, el Pentágono quedó severamente golpeado y casi 3.000 personas perdieran la vida, tiene que ocasionar severos efectos traumáticos de larga duración.
De ese mismo tenor ha sido el efecto sobre la salud de miles de personas que debieron ser indemnizadas y tratadas al resultar afectadas por diferentes tipos de cáncer y otras enfermedades, muchas de ellas perdiendo la vida por ese impacto colateral entre bomberos, vecinos de las torres derribadas o de personas que se encontraban cerca del lugar de la tragedia del 11S.
En medio de todo este panorama traumático, en su momento el gobierno estadounidense declaró la guerra contra el terrorismo, que a partir del 11 de septiembre de 2001 se convirtió en el enemigo número uno de la humanidad.
Pero de acuerdo con el mismo sondeo de Gallup del que hablamos antes, la mitad de los estadounidenses hoy consideran que nadie está ganando esa guerra, mientras que el 28 % contestó que la batalla se inclina favor de EE. UU. y sus aliados y un 22 % dijo que los terroristas llevan la delantera.
El gobierno de la poderosa nación de Norteamérica tiene para mostrar que en desarrollo de las acciones emprendidas contra el terrorismo se encuentra la invasión a Afganistán de donde fueron desalojados los talibanes por darle refugio a Al-Qaeda, luego la incursión en Irak, cuyo régimen presidido por Sadam Hussein fue acusado de poseer armas de destrucción masiva, siendo también depuesto, y el posterior ataque contra el escondite de Osama Bin Laden donde fue dado de baja.
Pero en el panorama mundial también ha aparecido el Estado Islámico sembrando el terror en amplias zonas, junto con otras organizaciones como lo indican informes de agencias internacionales.
Para un día emblemático como hoy es bueno tener presente, que estos veinte años de guerras contra el terrorismo islámico por parte de Occidente, no parecen haber acabado con esa amenaza, que persiste latente hasta la fecha.
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