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Editorial
Del rojo al morado
Hay que educar y educar a todos, sin descanso, no solo para salvaguardar a la mujer, sino a todos los seres humanos. 
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Miércoles, 25 de Noviembre de 2015

Educabilidad, le llaman a la que es la principal característica de la especie humana. Significa que todo lo que un ser humano sabe y hace lo aprendió de los demás. Incluso, y principalmente, la violencia.

Así ha sido desde cuando, se supone, a algunos monos evolucionados les tocó dejar los árboles, cada vez más escasos, por la sequía, y cazar para subsistir. Era un trabajo de cooperación, de soluciones rápidas a problemas imprevistos, y de adaptación a un medioambiente siempre hostil. Y en una situación así, no hay espacio para la violencia.

La escena moderna del troglodita greñudo, con un garrote en una mano y con la otra arrastrando del pelo a una mujer fuera de la caverna, es irreal. Según nuevas investigaciones, hasta entonces no se conocía la violencia como forma de imponerse sobre los demás.

La violencia surgió cuando hubo tiempo libre, y cierto confort fue objetivo de algunos que, para lograrlo aporreaban a los débiles, para obligarlos a servirles y a trabajar por ellos. La cultura incluyó, entonces, la violencia como parte de la forma de vida social.

En algún momento surgió, entonces, la idea de que la mujer, físicamente más débil para trabajos rudos, debía compensar tal calidad transformándose en una especie de esclava doméstica. Y, en constante aprendizaje, todos en esa muy precaria sociedad urbana lo aprendieron. Se educaron con el ejemplo directo, con la práctica diaria de la inclemente paliza de los hombres a las mujeres.

Y esa violencia aprendida, practicada ante el menor pretexto, transmitida como herencia cultural, enraizó en la sociedad. La educabilidad del hombre facilitó las cosas, porque no hay mejor manera de aprender que con el ejemplo vivo.

Por eso, tienen razón quienes sostienen que una persona es violenta porque lo aprendió en su entorno, y de ordinario lo supo en carne propia, y por ello vive en el convencimiento de que es lícito practicar la violencia. Lo grave de todo es que la víctima de ese violento, muchas veces también está convencida de lo mismo, de que los golpes están permitidos para castigar cualquier eventual error, de que en la sociedad debe haber castigadores y castigados, violentos y víctimas.

Otras veces, en el caso de las mujeres, sufren la violencia del macho hasta morir, porque nunca encontraron alternativa para escapar de su triste situación de víctima; para la víctima, los hijos y sus necesidades son argumento suficiente para soportar cuantos golpes sea necesario soportar.

Por fortuna, hay mujeres que enfrentan la violencia —lamentablemente en ciertos casos con más violencia— y buscan ayuda. Pero son las menos, aunque, realmente, cada día crece la cifra de mujeres violentadas que, además de ponerle fin a las golpizas, buscan la forma de que la ley, esquiva tantas veces, les dé una oportunidad de ver castigado a su maltratador marido o compañero.

Esas acciones son el resultado de la intensa campaña de organizaciones que buscan reivindicar la dignidad de la mujer maltratada, y del Estado que, a regañadientes, está haciendo conciencia de su papel. La misma educación que hizo de la violencia un factor cultural es el camino para desentronizarla.

Hay que educar y educar a todos, sin descanso, no solo para salvaguardar a la mujer, sino a todos los seres humanos. No se puede estar tranquilos en una sociedad en la que la mujer muere solo porque es mujer, a manos del hombre solo porque es macho y es más fuerte.

Pintarse de rojo los labios, como ayer lo hicieron algunos hombres, de nada sirve, es un mero simbolismo hipócrita, si al llegar a casa esos mismos hombres llegan con el puño cerrado en busca de un ojo femenino para pintarlo de morado.

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