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Editorial
Cadenas de la inflación
Ningún bolsillo aguanta aumentos como el que registró el año pasado la carne.
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La opinión
La Opinión
Jueves, 10 de Febrero de 2022

Apretar el cinturón. Estirar el presupuesto. Recortar gastos. Lo anterior se volvió a recrudecer en los hogares colombianos, nortesantandereanos y cucuteños, por el golpe al bolsillo que la escalada inflacionaria está provocando.

Cifras que desde hace muchos años no se veían y que son fenómeno mundial, son las que impactan el poder de compra de la población y encarecen también las materias primas y los insumos así como de la gran cantidad de artículos importados, entre ellos muchos alimentos.

Ningún bolsillo aguanta aumentos como el que registró el año pasado la carne de res que se trepó hasta el 33% o el de un alimento de alto consumo y que al ritmo que va, no se les haga raro, se convierta en artículo de lujo, como son los huevos que subieron en el 42%. Y, lo peor, es que la escalada no tiene techo por el momento.

Factores como la devaluación, los problemas internacionales de los contenedores, la misma inflación mundial que en medio de la pandemia también recorre el planeta, unidos a la escasez de los insumos, los fenómenos naturales, los altos aranceles, la baja oferta e incluso el aumento del salario mínimo –como lo han expuesto los analistas- contribuyeron a ese cóctel que disparó el costo de vida.

A Cúcuta, con un desempleo del 19,4%, una informalidad del 70,5%, con el 53,3 %  de las personas en pobreza y el 20% en pobreza extrema, caerle encima una inflación anualizada del 8,69%, de lógica que debe de acarrearle efectos complicados que requieren ser corregidos.

Aquí es bueno detenernos un momento en la paradoja detectada en las cifras estadísticas del Dane que señalan que aunque es la ciudad con los mayores niveles de insatisfacción en relación con su situación laboral, pero al mismo tiempo es la que marca un alto nivel de confianza del consumidor con 47,3%, como lo detectó la Encuesta de Pulso Social.

Hay varias tareas a desarrollar para contener esa escalada alcista, que no es normal, y para atender ese mensaje que envía una ciudad como la nuestra donde todavía un 20,8% de las personas no consume tres comidas al día, núcleo al que debe de ponérsele atención porque ahí podrían caer más familias si el gobierno no hace lo suficiente para quitarle fuerza al costo de vida.

Tener a los alimentos, el transporte y los gastos educativos, como los generadores de ese acelerado incremento, confirma la urgencia de que el país y la región vean en marcha el famoso plan  de acción para controlar la inflación y que sus ingredientes resulten efectivos.

Y no es que se trate de un asunto estacional o de los picos altos de principio de año. No. Porque veíamos en estos días que en Pamplona, donde buena parte del motor de la economía se basa en los 12.000 estudiantes de la universidad llegados de otras partes del país, los esperan alzas desde el 30% hasta cerca de un 50% en los arriendos, todo como consecuencia de la cascada inflacionaria.

Nada escapa de ese devorador de presupuesto familiar que al disminuir la capacidad de compra pues de lógica que le acarreará problemas al mismo comercio que también verá caer sus ventas e ingresos, mientras que los impuestos, los servicios públicos y los despachos de productos que reciben llegan con alzas que suben por ascensor.

En estos tiempos de memes, la gráfica descripción de la galopante inflación es la imagen de unos bultos de papa fuertemente vigilados por escoltas, porque su precio subió 111%, el año pasado, según el DANE.

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