Cualquier día de estos la respuesta será la que nadie espera, y, entonces ya nada se podrá hacer para remediar una catástrofe cada mañana más cercana. Aún es posible verla pasar cuando alguien pregunta sobre cuánta agua ha corrido bajo el puente. Pero quién sabe si mañana la situación se mantenga.
Cuando ya no haya agua apta para la vida, la muerte de todo llegará en horas, y nada ni nadie estará en capacidad de evitarlo. El problema radica en que ese día y esa muerte están peligrosamente más cerca cada segundo que pasa. Y a nadie le preocupa, es como si ese problema vital no se estuviera haciendo insuperable.
El agua potable simplemente se derrocha, sin explicación. No ocurre lo mismo con la electricidad, por ejemplo, o con el gas o el teléfono, que no son vitales. El ser humano, de hecho, ha llegado hasta hoy sin estos elementos que aparecieron solo en el último siglo. ¿Será cuestión de tarifas? ¿Habrá necesidad de reajustarlas hasta el punto de que el líquido desperdiciado duela duro en el bolsillo?
Decir que es urgente hacer algo para conservar agua y vida no convence; por lo contrario, es como si se estuviera invitando a derrochar, contaminar, eliminar. Sí, porque aunque algunos discursos sostengan que siempre habrá agua, ninguno aclara que la habrá, pero no se podrá consumir bajo ninguna circunstancia.
Hace poco se extinguió la última generación de cucuteños que vio navegar botes en el río Pamplonita. Traían y llevaban mercancías hacia Puerto Santander. Por el Zulia había comunicación navegando con los puertos del Lago de Maracaibo. Por allí vinieron algunos de nuestros ancestros venezolanos, a comienzos del siglo pasado. Hoy, esa imagen ya no es posible. Nunca más lo será, y es muy grave. Pero hay algo todavía más grave, las de hoy quizás sean las últimas generaciones de cucuteños que vieron agua en el primero, antes de que lo convirtieran en autopista.
Y no, no es exageración. El increíble maltrato que reciben los ríos del área es todavía más acentuado en el Pamplonita que, empecinadamente terco, se resiste a morir, a pesar de que está ahogado en contaminantes, aniquilado por las empresas de materiales de arrastre, abusado por cultivadores de arroz. Agoniza delante de las mismas personas a las que ha mantenido vivas…
Hoy, Día del Agua, es día oportuno para reflexionar: ¿los 24 metros cúbicos de agua potable que usted, lector, consume por mes en Cúcuta, son la cantidad que realmente necesita para vivir? ¿Viviría con unos cuantos metros menos? Entonces, ¿por qué no se demuestra a usted mismo, y a los demás, que puede ahorrar agua? Cada gota de agua significa una vida, tal vez la de sus hijos o nietos, ¿para qué desperdiciarla..?
El Pamplonita comparte su suerte negra con el Táchira y el Zulia, verdaderas cloacas que van, en viaje sin regreso, al mar en el Lago, llevando un mensaje que no ha sido leído a cabalidad por el vecino país, pero que cuando lo haga podría tener solo una respuesta: la guerra. Porque no solo les estamos quitando el agua de estos ríos, sino que les estamos llenando el mar de podredumbre. Y no somos conscientes de lo que hacemos. Hasta ahora, ellos tampoco lo son; pero lo serán mañana.
En nuestros ríos ya nada podrá ser como antes. Pero queda por lo menos la posibilidad de que detengamos el destino fatal de verlos desaparecer por razón de nuestra negligencia, nuestra irresponsabilidad, nuestra falta de conciencia.
Ojalá hoy ya no sea tarde.
