Juan Camilo* tiene 44 años y hace más de dos décadas consume drogas. Recuerda que todo empezó con marihuana, en medio de una reunión con amigos. “Es la puerta de entrada”, dice hoy, al mirar atrás. No hubo un hecho puntual que lo empujara a probarla. Simplemente, un día alguien encendió un ‘porro’, lo compartieron y a él le gustó.
Dos años después, en 2007, pasó a la heroína, considerada por los expertos una de las drogas más peligrosas por su alto poder adictivo y los riesgos que implica, especialmente cuando se inyecta.
Hoy, Juan Camilo es uno de los pacientes que cada día acude al centro de atención para farmacodependientes del Hospital Mental Rudesindo Soto, en Cúcuta, donde recibe su dosis de metadona, el medicamento utilizado para tratar la dependencia a los opiáceos.
No es la primera vez que intenta rehabilitarse. Dice que al menos tres veces ha iniciado el proceso en esa institución y muchas más en otros centros. El mayor tiempo que ha logrado permanecer sobrio han sido nueve meses.
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“Uno cree que ya está bien, que ya salió adelante, que puede controlar la adicción, y no… cuando se da cuenta está consumiendo otra vez”, reconoce.
Su historia es el reflejo de una problemática que, según autoridades y expertos, está presente en la capital de Norte de Santander, aunque no existen cifras que den cuenta de la dimensión del consumo de sustancias psicoactivas en la principal ciudad colombiana en la frontera con Venezuela.
Más visible por la calle, no necesariamente mayor
La percepción sobre el aumento del consumo de sustancias psicoactivas en Cúcuta no es exclusiva de los ciudadanos, las autoridades policiales coinciden en el diagnóstico “por lo que se ve en la calle”, como señala el coronel Libardo Fabio Ojeda, comandante de la Policía Metropolitana de Cúcuta, principalmente en espacios como parques, entornos escolares, zonas oscuras y lugares apartados.
No obstante, desde el sector salud advierten que lo que realmente se ha incrementado es la exposición de estas personas.

Y es que según el observatorio de la Secretaría de Salud Municipal, que hace un seguimiento a la situación del consumo desde 2017, el acumulado hasta 2025 refleja un consolidado de 7.899 casos, estos según los reportes de las instituciones prestadoras de salud, de los cuales 6.658 corresponden a hombres y 1.241 a mujeres. Solo en el último año se reportaron 1.065 casos, 25 más que 2024.
Para Grecia Pérez, referente de Convivencia y Salud Mental del municipio, “el consumo que estamos viendo en la ciudad no es que haya aumentado, siempre ha estado allí, solo que estaba un poco escondido”, comenta, sobre todo en relación con las personas en condición de calle, que antes se reunían en “parches” o lugares específicos de la ciudad y ahora no.
Indica que existen otros factores que han hecho más visible el fenómeno, como la llegada de población migrante que, al no encontrar estabilidad económica, ha terminado en situación de calle, mientras que otros ya venían con hábitos de consumo.

Además, señala que en Cúcuta existe una amplia oferta de drogas ilegales, algunas de ellas más económicas que en otras ciudades del país. Es el caso de la heroína, por ejemplo, que puede conseguirse a precios bajos, aunque muchas veces viene mezclada con otras sustancias, lo que hace que se reduzca su costo pero aumenten los riesgos de salud de los consumidores, que se ven obligados a inyectarse varias veces al día para evitar el síndrome de abstinencia.
La reacción de la ciudadanía es otro de los factores que aumenta la exposición, dice Grecia Pérez, puesto que las quejas por consumo en espacios públicos generan los llamados a la Policía, lo que provoca operativos y desplazamientos constantes de quienes se drogan, de un lugar a otro, ante lo cual “el problema se va moviendo por la ciudad”.
“Como ciudad, debemos prepararnos para los cambios que estamos viendo frente a las situaciones de consumo de estupefacientes, porque el problema no es la persona que consume, sino aquel que está expendiendo”, sostiene.

El consumo en habitantes de calle
Uno de los diagnósticos más claros sobre el consumo de drogas en la ciudad se encuentra en la población habitante de calle, gracias a que la Secretaría de Bienestar Social de Cúcuta hizo una caracterización en la que estableció la existencia de 2.612 personas en esta condición, de las cuales el 87,5 %, es decir 2.285, son consumidores de sustancias psicoactivas.
El estudio señala que el basuco es la droga más utilizada, con un 71,7 % de consumo entre esta población. Le siguen el cannabis, con 22,4 %, y los opiáceos, entre ellos la heroína, con 22 %.
En cuanto a la forma de consumo, el 69,3 % asegura hacerlo fumado, el 15,8 % inhalado y porcentajes menores mediante otras vías como oral, esnifada o inyectada.
La frecuencia también revela la gravedad del fenómeno: el 86,1 % de quienes consumen lo hace todos los días, lo que refleja patrones asociados a dependencia.
Aunque el 94,1 % afirma no haber sufrido una sobredosis en el último año, el 5,9 % sí la ha experimentado, una cifra que, en términos de salud pública, representa un riesgo importante.
Además, el 58,5 % de los habitantes de calle encuestados señala que el consumo de drogas es el principal motivo para permanecer en esa condición, lo que evidencia la fuerte relación entre la dependencia y la permanencia en la calle.
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¿Qué dice la Policía?
Frente al planteamiento que hace la funcionaria municipal, desde la Policía Metropolitana de Cúcuta son conscientes de que el principal problema son los expendedores, de ahí los constantes operativos de incautación y desarticulación de las redes de microtráfico.
De acuerdo con informes de la comandancia, hasta finales de febrero, la Policía había logrado el decomiso de 678.487 kilos de drogas ilegales. Ese dato representa un 389 % más de lo que fue incautado en el mismo período de 2025.
Pero esta lucha es tan constante como desgastante, sobre todo porque “cada vez que golpeamos una olla, nace otra, pero esa es la tarea de nosotros: capturar a los narcotraficantes, no perseguir al consumidor”, precisa el coronel Ojeda.

El oficial también explica las estrategias adicionales que se adelantan desde la institución en la lucha contra el consumo de drogas, que golpea a toda la sociedad, no solo a los habitantes de calle o personas de estratos vulnerables, sino que tiene un alcance amplio, que trasciende incluso a los sectores más exclusivos.
“En este 2026 nos vamos a enfocar en la prevención del consumo”, dice el comandante de la Mecuc, al indicar que es la instrucción impartida desde el orden nacional.
“El general William Castaño, nuevo director antinarcóticos, nos va a enviar un apoyo para llegar a los colegios y realizar campañas en todos los niveles educativos, especialmente en niños y adolescentes de los grados de bachillerato, donde comienza el ofrecimiento de los estupefacientes”, anuncia Oviedo.
Igualmente, en articulación con grupos de prevención y la Policía Comunitaria se desplegarán actividades en los barrios, para involucrar a los padres de familia y orientarlos en la detección temprana de los riesgos de inducción al consumo de drogas en sus hijos.
“Son diferentes estrategias para evitar que los niños y niñas lleguen a este demonio que son las drogas”, manifiesta Ojeda.

Las motivaciones del consumo
Desde el campo de la salud mental, los especialistas advierten que el consumo de drogas suele tener causas complejas.
Sandra Johanna Durán Rondón, psicóloga y coordinadora de Extensión del programa de Psicología de la Universidad Simón Bolívar, explica que el consumo no puede entenderse desde una sola causa.
Según su experiencia clínica, muchas personas recurren a las sustancias no tanto por placer, sino para aliviar malestares emocionales como ansiedad, tristeza o traumas.
A esto se suman factores estructurales como la pobreza, la violencia, la migración y la normalización cultural del consumo, especialmente entre jóvenes.

Por su parte, Grecia Pérez agrega que en el caso de las personas en situación de calle, estas condiciones incrementan su vulnerabilidad y las convierten en población expuesta a múltiples riesgos,puesto que terminan involucradas en actividades delictivas o siendo instrumentalizadas por organizaciones criminales debido a su situación de necesidad.
En consecuencia, desde el sector salud insisten en que el abordaje del consumo de drogas debe incluir no solo acciones de control, sino también estrategias de salud pública y políticas sociales que atiendan las condiciones de vulnerabilidad que rodean a esta población.
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Una preocupación creciente
Gabriel Rincón, toxicólogo del Hospital Universitario Erasmo Meoz, asegura que una de las grandes preocupaciones sobre la drogadicción en Cúcuta tiene que ver con la iniciación temprana.
En este sentido, indica que ha tenido que atender niños desde los 10 o 12 años que ya consumen cannabis sintético, conocido como cripi.
También ha llamado la atención por el aumento del consumo de drogas sintéticas como el tusi, cuyo costo puede variar dependiendo del lugar de venta, por lo que es usado, generalmente, entre personas que pertenecen a estratos más exclusivos.
El especialista advierte, además, sobre los efectos que el consumo prolongado puede provocar, entre los que se destacan los problemas de salud mental, conflictos familiares y, en casos extremos, la muerte.

Rincón insiste en que la falta de estudios completos sobre la drogadicción, en Cúcuta, dificulta el diseño de estrategias efectivas de prevención, una falla que reconocen las autoridades, toda vez que una rigurosa radiografía permitiría medir con precisión el comportamiento del consumo en la ciudad, pero al mismo tiempo diseñar estrategias adecuadas para enfrentarlo eficazmente.
Al respecto, se conoció que la Secretaría de Salud Municipal está en conversaciones con el Ministerio de Justicia para adelantar investigaciones que permitan identificar qué tipo de sustancias prohibidas están circulando, cuáles son los patrones de consumo en la capital nortesantandereana y cuál es el subregistro de personas afectadas por la drogadicción.
Alternativas para frenar el consumo
En medio del debate sobre el consumo de sustancias psicoactivas en Cúcuta, desde la Secretaría de Salud del municipio también se han planteado estrategias de reducción de riesgos y daños.
En este sentido, Grecia Pérez explica que este enfoque parte de una premisa fundamental: aunque el objetivo final es que las personas abandonen las drogas, existen casos en los que la dependencia es tan fuerte que los usuarios no logran dejarlas de forma inmediata.
En esos escenarios, las medidas buscan reducir los riesgos para la salud y evitar consecuencias graves como infecciones, sobredosis o muertes.
Una de las alternativas mencionadas es la entrega de material higiénico para el consumo, como jeringas, con el fin de prevenir la transmisión de enfermedades. Sin embargo, se advierte que en muchos casos estas medidas enfrentan dificultades, cuando en medio de operativos policiales, estos kits son destruidos, obligando a los consumidores a utilizar implementos inadecuados.
Otra de las acciones que se han implementado en otras ciudades del país son los centros de consumo supervisado, como los dos que funcionan en Bogotá y otro que opera en Cali.
Según la explicación de Pérez, el propósito no es promover ni justificar el consumo de drogas ilegales, sino reducir los riesgos asociados a esta práctica, especialmente en los casos de quienes son adictos a la heroína inyectable.
Añade que el objetivo de estos lugares es reconocer a los consumidores como sujetos de derechos y brindarles atención sin estigmatización, al tiempo que se busca reducir los riesgos asociados al consumo.
Mientras tanto, historias como la de Juan Camilo continúan repitiéndose, recordando que detrás de las cifras y diagnósticos hay personas que siguen luchando por salir de un círculo del que, como él mismo reconoce, no es fácil escapar.
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