La semana que pasó fue de crispación por el clima político tenso que vivimos, caracterizado por el conflicto y la confrontación constante entre campañas y candidatos. Algunas veces desde los medios de comunicación los entrevistadores no ayudan, porque en vez de ser objetivos se nota a leguas que ellos o los medios que representan están abiertamente casados con campañas o candidatos.
Sin embargo, en esta campaña presidencial hemos visto cosas gratas e ingratas. Si de actitudes gratas se trata, nos complace francamente que, con la aspiración presidencial de un candidato costeño, como Abelardo de la Espriella, no haya salido a relucir la descalificación regional de otras épocas. Al contrario, las encuestas, miradas desde lo que en la región Caribe denominan “el interior del país”, ha sido de aceptación general con el candidato citado. En el siglo XIX al presidente Rafael Núñez, que dominó la política colombiana en la segunda parte del citado siglo, no lo combatieron por su origen regional caribeño sino por su sólida formación académica y talento político.
También es grato ver que una mujer, en este caso Paloma Valencia Laserna, muy preparada, por cierto, aspire al solio de Bolívar. Por algo su agrupación política la eligió. Si gana, bienvenida, si naufraga en el intento, deja un antecedente a su género, porque desbrozó el camino y otras mujeres con liderazgo y agudeza política semejante o superior, sabrán ampliar el horizonte.
Las cosas ingratas son varias. Principalmente, el lenguaje de desespero en determinadas campañas, que lleva a descalificar con rudeza a la opuesta; o por la decisión equivocada de alguna formación política al programar caminatas lentas y desafiantes enfrente del comando político del adversario. Peor aún, organizar con sus adeptos la destrucción de la sede política del opositor. Sencillamente, eso sucede cuando los candidatos se quedan sin argumentos convincentes o cuando las encuestas no les son favorables.
Otra cosa ingrata para muchos colombianos fue ver en sus correrías a un candidato presidencial en un “abelardomóvil”, vehículo acristalado y blindado para los desplazamientos entre la multitud. Muy grave que desde la campaña adversaria y de su misma ideología política su portaestandarte se mofara de esta prevención destinada a conservar su vida. Más grave aún, un caso que supera todos los anteriores juntos: un jefe de Estado enemigo del Estado que administra, y desde esa alta dignidad pontifica sobre el perdón, la reconciliación, la supuesta paz total y solapadamente promueve ruptura, distanciamiento y antagonismo.
El término crucial es un adjetivo que se aplica a momentos críticos y decisivos, es decir, aquellos que pueden determinar un resultado o tener un impacto significativo. Por ejemplo, una decisión política puede ser crucial para la vida de millones de personas. Este último caso es el que nos agobia esta semana que transcurre, porque tendremos que tomar una decisión muy bien pensada. ¿Queremos los colombianos la continuidad de la democracia liberal, la garantía de la separación de los poderes y el Estado de derecho, o el cambio a un modelo de Estado colectivista?
Ese cambio de modelo de Estado consiste en que los estrategas con frases adornadas les dicen a los habitantes incautos: Entrégueme su libertad y nosotros le devolveremos bienestar. Y sucede que una vez al mando de la “nave del Estado” nos encontraremos con la sorpresa ingrata que por muchos años no tendremos libertad ni bienestar, pero con seguridad ruina y desolación.
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