Hay un ambiente distinto en el aire cuando llega la Semana Santa. No es solo el sonido de las campanas o el aroma a incienso y palo santo que se escapa de las iglesias; es la sensación de que el país, siempre acelerado por el estrés y la ansiedad, decide finalmente soltar el pedal del acelerador. Para muchos de nosotros, estos días se han convertido en la reserva de quietud que nos queda en medio de una cotidianidad que no da tregua.
En esta Semana Mayor abundan los regresos. Pienso en los estudiantes que, tras meses de batallar con libros en ciudades ajenas, emprenden el retorno a casa. Ese abrazo con los padres en la puerta del hogar es uno de los actos de fe más genuinos que ocurren por estos días. No se vuelve solo por seguir una costumbre, se vuelve para reconocerse en el espejo de la familia y confirmar que el origen sigue allí, esperando.
La mesa también dicta su propia dinámica. No hablo de cumplir con ritos externos, sino del placer de lo compartido: el pescado preparado sin las prisas del trabajo, los dulces típicos que conservan el sabor de siempre y esa copa de vino que desata las conversaciones que el resto del año dejamos pendientes. Hay una mística profunda en el acto de sentarse a comer con los suyos, sin el reloj marcando el paso ni las notificaciones del teléfono interrumpiendo el diálogo.
Para otros, estos días son el espacio perfecto para la introspección. Es el momento de abrir esos libros que nos miran con espera desde el estante, de poner en orden los proyectos de escritura que el caos ha ido postergando o de organizar el archivo de los recuerdos. Es una oportunidad para la limpieza interna: revisar qué ideas han echado raíces y cuáles debemos descartar. Es también el tiempo de ponerse al día con esa serie o película de la lista que tenemos en las plataformas digitales, permitiendo que el arte y la ficción nos hablen en la tranquilidad de la sala.
El viaje también tiene otro matiz. Ya sea caminando por las calles de un pueblo que invita a la pausa o buscando el aire libre del campo, el objetivo es el mismo: sacudirse el ruido. En un entorno que está herido, confundido y polarizado, estos días nos ofrecen una tregua necesaria. Es un tiempo que sirve para reflexionar sobre quiénes somos y qué sociedad estamos construyendo desde nuestras pequeñas parcelas de convivencia.
Al final, no importa si se vive desde la visita a los templos y sus expresiones de tradición, desde la pantalla o desde el silencio de una caminata. Lo que realmente valoramos es la posibilidad de detenernos. Esta semana es ese paréntesis necesario para entender que, antes de seguir adelante en un mundo tan convulso, hace falta mirar hacia adentro y agradecer el camino recorrido.
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