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Recursos naturales, poder y guerras: por qué invadir sigue “siendo negocio”
La batalla contemporánea se libra por recursos escasos y decisivos, energía, minerales, agua y cadenas de suministro y por la profunda dependencia global de ellos.
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Miércoles, 7 de Enero de 2026

Durante décadas nos enseñaron que las guerras se libraban por ideologías: derechas contra izquierdas, democracias contra autoritarismos. Hoy ese relato suena tan del siglo pasado como un cassette de radio. Las guerras del presente y del futuro se libran, sobre todo, por recursos naturales, y la más reciente operación en Venezuela lo confirma de forma mediática.

La intervención militar de Estados Unidos para capturar al presidente venezolano Nicolás Maduro y llevarlo fuera del país fue una acción que ha sacudido a América Latina y al mundo entero, y nos tiene discutiendo con posturas a favor y en contra. El presidente Trump justificó este operativo como parte de una campaña contra el narcotráfico y para “restaurar la justicia”, pero no tardó en dejar claro que Estados Unidos tendría un papel central en la administración temporal de Venezuela y en la gestión de sus inmensas reservas petroleras, aquí aparecieron las llaves, de lo que era un secreto a voces.

Esta intervención, más allá de su legalidad, ética o consecuencias humanitarias, expresa con crudeza una lógica geopolítica persistente: el poder ya no se mide solo por ejércitos, sino por el control de los recursos que sostienen la economía global. Venezuela, poseedora de una de las mayores reservas de petróleo del planeta, ha sido históricamente un objetivo estratégico. Hoy, sin embargo, la disputa va más allá de las narrativas clásicas de “defensa de la democracia” o “lucha contra el autoritarismo”. La batalla contemporánea se libra por recursos escasos y decisivos, energía, minerales, agua y cadenas de suministro y por la profunda dependencia global de ellos.

Algo similar ocurre en otros escenarios. El conflicto en Ucrania no es solo una disputa territorial, sino una lucha por corredores energéticos, granos y rutas logísticas que impactan directamente los mercados mundiales. En Oriente Medio, el tablero ha sido durante décadas un ajedrez de ductos y rutas marítimas. Y hacia adelante, la transición energética abre nuevos frentes: litio, cobalto y tierras raras se convierten en activos geopolíticos. El llamado Triángulo del Litio en Suramérica, Argentina, Chile y Bolivia ya no es solo un mapa mineral, sino un punto caliente de futuras tensiones estratégicas.

La captura de Maduro y la intervención en Venezuela no es una anomalía; es la punta de lanza de una era donde los recursos estratégicos vuelven a dictar la política global. Lo inquietante no es que los Estados intenten asegurar recursos, eso ha sido constante en nuestra historia, sino que lo sigan haciendo en un modelo económico lineal que favorece la extracción voraz y la dependencia externa, en vez de la cooperación, la resiliencia local y la circularidad.

Desde una mirada sistémica, la guerra es un síntoma de un diseño económico que premia el control y castiga la cooperación. Pero también hay salidas: reducción de dependencias críticas, diversificación productiva, economía circular y acuerdos multilaterales de gestión de recursos son estrategias que desactivan conflictos antes de que estallen.                               

El verdadero poder del siglo XXI no lo tendrá quien acumule tanques, sino quien logre sistemas más eficientes, sostenibles y equitativos. Porque al final del día, la próxima gran batalla no será por territorios, sino por quién administra mejor los recursos que sostienen nuestra vida colectiva. Y eso, aunque no suene como una película de acción, es la guerra más estratégica de todas.


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