“Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”, escribió Lampedusa. La frase, lejos de ser una ironía literaria, parece describir con precisión el caso de Norte de Santander: la pobreza multidimensional cae, los indicadores mejoran, pero el núcleo que la reproduce (la informalidad y el rezago educativo) permanece intacto. El departamento entre 2018 y 2025 redujo su pobreza multidimensional de 29,5 % a 13,3 %; una caída de 16,2 puntos porcentuales que, en cualquier lectura superficial, podría interpretarse como un gran dato. Y, sin embargo, la pregunta relevante no es cuánto hemos mejorado, sino qué tan profundo ha sido ese cambio.
La convergencia con el promedio nacional es evidente; la brecha pasó de 9,9 a 2,6 puntos porcentuales, es decir, nos acercamos al país. Pero acercarse no es lo mismo que transformarse; y ahí es donde el optimismo estadístico empieza a tambalearse. La reducción del indicador no ha estado liderada por cambios estructurales en el mercado laboral o en la educación, sino por mejoras en cobertura: más salud, más saneamiento, más acceso. Importante, sí; suficiente, no.
El problema es persistente. El 81 % de los hogares sigue enfrentando privaciones asociadas al trabajo informal; el 45,4 % presenta bajo logro educativo; dicho de otra forma: el núcleo productivo del departamento (ese que define las trayectorias de ingreso y movilidad social) permanece prácticamente intacto. Y cuando el núcleo no cambia, el riesgo es claro: la pobreza se reduce, pero no desaparece; se transforma, pero no se resuelve.
Esta es, en esencia, una trampa estructural, el indicador agregado cae; pero las condiciones que lo reproducen siguen ahí, latentes, la vulnerabilidad es creciente y expuesta a los shock, tan frecuentes en la frontera. No es casual que la trayectoria del IPM haya sido volátil; repuntes en 2020 y 2023, seguidos de caídas abruptas. Esto no es estabilidad; es dependencia de factores exógenos: programas sociales, coyunturas económicas, dinámicas que no necesariamente responden a transformaciones de largo plazo. (Tan expuestos a la Diosa fortuna).
Y aquí aparece otra paradoja; Norte de Santander ha hecho lo que se esperaba que hiciera, su reducción de 16,2 puntos es consistente con su punto de partida. Es decir, no es un caso excepcional; es un caso predecible. Ha mejorado, sí; pero no ha roto la tendencia. En el ranking departamental, se ubica en un pelotón intermedio; no es de los rezagados; pero tampoco lidera. Está en transición, esto suele ser peligroso, cuando se interpretan como destino y no como proceso. (partimos del supuesto ingenuo, que hay una decisión intencionada y un pacto social por apostarle al proceso de reducción de la pobreza multidimensional, y no una cosmética reluciente)
El verdadero debate, entonces, no es si la pobreza ha caído, sino, si tenemos la capacidad de sostener esa caída sin depender exclusivamente de la política social. Porque la evidencia es clara: la expansión de coberturas tiene rendimientos decrecientes; llega un punto en el que deja de ser suficiente. Y ese punto ya se alcanzó.
Lo que sigue exige decisiones más complejas; menos visibles políticamente, pero más determinantes. Formalizar el mercado laboral en un territorio marcado por la economía fronteriza, las economías sumergidas y sus irrigación (mercado formal y los incentivos “perversos”); cerrar brechas educativas en contextos de alta informalidad y conflicto armado; articular política social con política productiva.
La pobreza multidimensional puede seguir cayendo en el corto plazo; pero si no se intervienen sus determinantes estructurales, esa caída será frágil, reversible, incluso ilusoria. En Norte de Santander hemos aprendido a reducir la pobreza; lo que aún no demostramos es que sabemos evitar que regrese. Como escribió T.S. Eliot, el final de toda exploración suele llevarnos al punto de partida; la diferencia, en Norte de Santander, es que ahora creemos haber cambiado, cuando tal vez solo hemos aprendido a medir mejor lo mismo.
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