“¡Oh! Es excelente tener la fuerza de un gigante, pero es tiránico usarla como un gigante”. Son unas líneas de Mr. Shakespeare en su tragicomedia “Medida por medida”, que también podría decirse que es una comedia trágica. Trata del poder, de la muerte, la moral religiosa, los dobleces humanos, el atropello sexual, la compasión. Pero sobre todo de la potestad. Han pasado más de cuatrocientos años y la cosa no es que haya cambiado mucho.
El ser humano sigue siendo tan mezquino como admirable; y sorprendente (bueno, no tanto) por su capacidad de hacer mal, asegurando que hace bien. Drama y comedia. Eso nos sirven todos los días quienes tienen o se les ha otorgado poder para tal o cual cosa. Con careta o sin ella, estos personajes de no ficción se sirven de él para usarlo en su favor o abusar de él por causas tan terrenas como las posesiones, ejercer la lujuria o ganar a otros el territorio.
Y lo que da risa aunque sea funesto, es que estas personas son respaldadas por multitudes tan lúcidas como ciegas, que gastan los pulgares y alguna neurona en reposo para defenderlos, ensalzarlos, y así sentirse parte de ese poder del que despotricarán en privado cuando les llegan las cuentas, cuando hacen la compra. Pero hay una salida fácil: echarle la culpa a los del bando contrario, que se desviven por –también– tener la razón o por imponerla. El poder aturde.
Sabemos de poderosos que han sido vitoreados, de quienes se han erigido estatuas, se han bautizado parques, avenidas y nos los han embutido en las clases de historia como Grandes. Julio César, Atila, Napoleón, Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico. O los que esta misma mañana se han despertado convencidos de sus cruzadas, como El judío aberrante o El rubio del copete. (¿Se entiende un país con tantas armas y con tan mala puntería?). Y qué decir del poder en el ámbito privado. Cualquier hijo o hija (siempre se es hijo de alguien o de “álguienes”) podría preguntarse ahora por qué mi papá o mi mamá me dicen que, me obligan a, me fuerzan a…, con sus respectivas conjugaciones en pasado. O cualquier madre o padre se puede preguntar (no siempre se es padre o madre de alguien) por qué mi hijo me… a cuenta de qué mi hija me… Y así, con el hermano mayor, con la prima lejana, con el padrastro cercano, muy cercano. El poder nubla.
Denle un puesto superior a un ser pequeño (léase vil) y usará su posición para cortarle la cabeza a quien sienta como una amenaza a su incompetencia. Denle una porra, o mejor una pistola a otro ser, digamos, volátil, y podrá atribuirse –según las circunstancias– el hacerla valer como amenaza o a hacerla valer a secas. Concédale poder al alumnado y verán educadores amedrentados. Elijan a la candidata aquella, al aspirante aquel; podrían acertar o errar (¿podrían del verbo podrir o del verbo poder?). Notarán, que una vez investidos, van tomando distancia, asumen el perfil de seres superiores. Apreciarán que no se les verá más sino en pantallas y como que la piel se les torna de mármol. El poder embriaga.
“¿El poder para qué?” dicen que dijo un político colombiano a mediados del siglo pasado. Estamos a la espera de respuesta. “Oh! It is excellent to have a giant's strength, but it is tyrannous to use it like a giant”. Dame poder maestro William. El poder de la palabra o el del silencio. Dame algo para llorar que quiero reír.
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