Los sentimientos inspiran la memoria y, en su tienda de campaña, en el amanecer, acopian la enseñanza del corazón, de cómo dar franquicia a las leyendas que surgen en espiral, frescas, gitanas y añorantes.
Nos proponen ser grandes en lo simple, nos vuelven capaces de consolar la lluvia, si es preciso, de pintar las estrellas de azul melancolía, o de hacer una alianza con el espíritu silencioso de la belleza.
Y, si aprendemos a esperar -apacibles-, percibimos la libertad sin límites y la consciencia tallando, o tejiendo, la esperanza pionera de un sueño sin distancia, ni tiempo, en un imaginario delicioso.
El azar (que no es tan impostor), cae en la red, despojado de su máscara y, rebosante de pájaros, descarga de sus alas la emoción de una aventura solitaria que nos asoma al infinito puro.
La razón filtra los recuerdos y, con sensatez y sabiduría, se vuelve también sentimental, comienza a adivinarlo todo, como cuando los barcos preparan sus aparejos de velas para navegar con el viento.
La gratitud baja bonita, con su costumbre de traer una nostalgia buena y señales antes inadvertidas, traslúcidas ahora en el cristal del alma, con la claridad de un prisma que revela lo que debe ser…y lo que no.
Y el eco del destino repica espontáneo, íntimo, muy humano, tanto, que no se puede describir -ni contar-, sólo sentir como una sombra de la profecía que nos hizo, e intentar el porvenir…esta vez más humildes.
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