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El portón de la patria
Es hora de recordar que Cúcuta no es tierra para mentes aletargadas por el calor; es el portón de la patria, y su historia nos exige volver a pensar en grande.
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Sábado, 16 de Mayo de 2026

A propósito de la visita del gran neurocientífico colombiano Juan Diego Gómez Valencia a nuestra ciudad, donde hoy dictará una capacitación sobre neurociencias y creatividad en la Biblioteca Pública a las 2pm, quiero remontarme a la observación que hace algún tiempo hiciera otro visitante ilustre. Me decía que le llamaba la atención cómo, a pesar de que el sol aquí «abraza» con fuerza, casi todos los taxis prestan servicio con las ventanas abajo y el aire apagado, usando como pretexto las tarifas del combustible cuando históricamente hemos tenido la gasolina más barata del país.

El panorama no cambia en la academia: la mayoría de los salones de clase en las universidades públicas carecen de climatización y, lo que es más preocupante, un importante almacén de cadena que hace presencia en dos de los principales centros comerciales opera bajo las mismas condiciones, dejando a los clientes «asados» y sofocados.

La ciencia ha demostrado que, por encima de los 26 °C, el cerebro se ralentiza para evitar el sobrecalentamiento; aparece la fatiga, el cansancio y disminuye drásticamente la velocidad de procesamiento mental. En una ciudad donde el termómetro sube con facilidad, trabajar o estudiar en estos hornos urbanos hace que la mente se «vete» y se canse rápido. Esto explica, en gran parte, por qué la ciudad parece haber frenado el ritmo de progreso que merecería tener, especialmente habiendo sido, en sus épocas doradas, el motor de vanguardia del país.

Y es que Cúcuta no se puede quedar «varada» en el letargo actual, pues su ADN es de pioneros. A finales del siglo XIX, la ciudad era una potencia económica absoluta. De hecho, en 1835 registró la primera exportación comercial de café en la historia de Colombia, cuando salieron legalmente 2.560 sacos por nuestra aduana. Este flujo comercial obligó a la región a construir el Ferrocarril de Cúcuta, que conectó a la ciudad con el puerto de San Antonio del Táchira (Venezuela) para exportar el grano a Europa y Estados Unidos, convirtiéndose en la primera red ferroviaria internacional del país.

Ese dinamismo atrajo a ingenieros británicos y alemanes de las grandes casas comerciales, quienes junto a los locales patearon el balón por primera vez bajo un reglamento oficial en suelo colombiano, fundando el Cúcuta Foot-ball Club en la mítica Plaza de El Centenario (hoy Parque Colón). Ni siquiera el devastador terremoto del 18 de mayo de 1875, que dejó a la ciudad «limpita como un espejo», logró doblegar nuestro empuje. Cúcuta resurgió de los escombros como la primera ciudad planificada de Colombia, diseñada con avenidas anchas, rectas y miles de árboles que dieron vida a nuestra hermosa «Ciudad Verde», un ejemplo de resiliencia y urbanismo antisísmico adelantado a su tiempo.

Fuimos también la vanguardia de los servicios públicos al tener el primer acueducto por tajeas de la región, una de las primeras redes de telefonía del país y el honor de encender, en la región del Catatumbo, los primeros motores de la industria y refinación petrolera nacional. Somos una tierra de singularidades: la única con una «Avenida Cero» y la que celebra el Día de la Madre el último domingo de mayo, porque aquí no nos dejamos imponer ritmos de afuera. Fuimos capital basquetera, vitrina del calzado y pioneros de la aviación comercial con las hazañas de Camilo Daza. Lo más sorprendente es que, sin contar que en nuestra área metropolitana nació legalmente la República, hoy, en medio de las dificultades más bravas, nos hemos convertido en potencia mundial de la gimnasia.

Es hora de recordar que Cúcuta no es tierra para mentes aletargadas por el calor; es el portón de la patria, y su historia nos exige volver a pensar en grande.


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