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El fracaso del centro político colombiano
Los sondeos presidenciales en Colombia, a menos de treinta días de la elección, han dejado de ser una fotografía para convertirse en un diagnóstico.
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Miércoles, 6 de Mayo de 2026

Los sondeos presidenciales en Colombia, a menos de treinta días de la elección, han dejado de ser una fotografía para convertirse en un diagnóstico. Con Sergio Fajardo y Claudia López sin superar el 5%, el centro político colombiano enfrenta una posible derrota electoral junto con la confirmación de una hipótesis más profunda. Su declive responde a una desconexión estructural entre tecnocracia, representación y construcción simbólica del poder, tres dimensiones que el proyecto centrista colombiano nunca logró articular de manera coherente ni traducir en una propuesta política capaz de movilizar voluntades.

El primer eje de este fracaso ha sido abordado por Daniele Caramani: la distancia entre élites tecnocráticas y ciudadanía es el resultado de una transformación profunda en la lógica de la representación política. El centro colombiano encarna esa fractura: ha privilegiado el conocimiento experto, la gestión eficiente y el diseño de políticas públicas, pero ha descuidado el vínculo orgánico con el electorado. En términos prácticos, ha sustituido la representación por la administración, y en política, administrar no es representar.

Esa brecha se traduce en una percepción concreta: el tecnócrata no habla el lenguaje del ciudadano. Su narrativa es abstracta, su diagnóstico puede ser impecable, pero su capacidad de conexión con la vida cotidiana del electorado es escasa. Los votantes no buscan únicamente propuestas técnicas; buscan reconocimiento. Cuando la competencia no va acompañada de legitimidad social, el experto se convierte en un gobernante ilustrado: admirado en los foros académicos, pero irrelevante en las urnas.

El segundo eje, acaso es el más determinante, dado que remite a la disputa por los marcos morales. El error estratégico del centro ha sido asumir que la racionalidad técnica puede sustituir la construcción simbólica. Los votantes no procesan la política como un balance entre propuestas, costos y beneficios; pues es decantada como una elección entre visiones del mundo como afirma George Lakoff. Ahí radica la crisis de representatividad del centro político colombiano: sin un marco moral propio, ha oscilado entre posiciones, ha evitado el conflicto y ha elevado la moderación a valor en sí mismo. En contextos de alta crispación política, la neutralidad no se percibe como equilibrio, sino como indefinición. El votante que busca orientación en el debate ideológico no encuentra en el centro una narrativa con la cual identificarse ni un horizonte capaz de movilizar su adhesión.

Los sondeos refuerzan esta lectura. Mientras la izquierda consolida su liderazgo, en la derecha emergen dos alternativas competitivas sin articulación, el centro se diluye. La elección no se está definiendo en el terreno de las propuestas y la gestión, sino en el campo de la identidad, la emoción y el conflicto: tres dimensiones que el centro ha ignorado de manera sistemática, convencido de que los datos y los programas hablan por sí solos.

El votante elige desde capas profundas que la tecnocracia no alcanza. El marco moral orienta, la identidad construye pertenencia y la emoción moviliza la acción. El centro, en cambio, ha insistido en operar en la superficie: ha intentado explicar cuando debía conectar. Sin identidad no hay poder electoral, y la ambigüedad, en un entorno donde tomar posición es una demanda explícita del electorado, se traduce inexorablemente en invisibilidad política.

Lo que se impone, por tanto, no es una derrota coyuntural, sino el agotamiento de un modelo. La ilusión tecnocrática, esa creencia de que la competencia técnica basta para ganar elecciones, colisionó con la realidad. El vacío moral, la ausencia de un relato capaz de representar el orden social deseable, ha dejado al centro sin anclaje en el imaginario colectivo.

En resumen, la técnica sin representación es estéril; la moderación sin identidad es irrelevante. Luego, el centro político colombiano no está siendo derrotado por sus adversarios. Está siendo derrotado por su incapacidad de entender las reglas del juego que decidió disputar: la política.


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