Mientras gran parte de la sociedad se lamenta por el declive de la lectura entre los jóvenes y el avance de la superficialidad digital, un padre me confesó en consulta una verdad incómoda que pocos se atreven a verbalizar: “Doctor, que los demás no lean es la mejor herencia para mis hijas”. Esta visión, que me permito bautizar como el Egoísmo Necesario, plantea una realidad cruda: en un mundo que nivela hacia abajo, la cultura y el pensamiento crítico parecen haber dejado de ser solo virtudes éticas para convertirse en ventajas competitivas actuales.
Este planteamiento, que podría generar algunos debates en los que no hay un punto de vista correcto o incorrecto, sino solo estar de acuerdo o en desacuerdo; no es del todo nuevo. Pierre Bourdieu explicaba que el éxito de una persona no depende solo del dinero, sino del "capital cultural" (lectura, música, educación). Así que, Si el resto de la población deja de acumular este capital, quienes sí lo hacen adquieren automáticamente un valor de mercado mucho más alto. O, en base a la teoría de la evolución de las especies, en un mundo donde el nivel cultural e intelectual de la mayoría baja, mantener el propio o elevarlo, no es solo una virtud, es una estrategia de dominancia. Es una visión fría, pero lógica. Si el nivel educativo general cae, los puestos de liderazgo, los mejores salarios y la toma de decisiones quedarán en manos de una minoría "culta". ¿Acaso no es lo que ya ha venido ocurriendo a través de los años?, y a lo que tantos se oponen, proponiendo igualdad de oportunidades sin importar la clase social.
Ante toda esta lógica salió la disyuntiva de que todo puñal tiene su doble filo. Acaso, aunque individualmente esas hijas puedan tener ventaja, vivirían en una sociedad más disfuncional, con menos innovación y peor calidad de servicios, lo cual terminaría afectándolas también a ellas. Su respuesta fue tajante. "Yo las crío para que se vayan", su "egoísmo necesario" tiene un objetivo claro: el primer mundo. En una sociedad donde el capital intelectual se devalúa, el talento real por desgracia emigra. El día de mañana, mientras la gran mayoría compite por migajas en un mercado saturado de profesionales sin profundidad, estas jóvenes tendrán el lenguaje, la lógica y la fortaleza para reclamar espacios en escenarios globales. La brecha ya no es solo de clases sociales, sino de competencia intelectual.
Esto no es una percepción subjetiva. Las recientes pruebas Saber Pro muestran una curva descendente en lectura crítica y razonamiento cuantitativo.
¿Será que pensar de esta manera egoísta es tirar la toalla?, ¿darse por vencido en intentar una mejora colectiva como país? Es probable, pero por otro lado también es una forma de hacer ver que las nuevas tendencias cobran fuerza y son imparables. Estamos produciendo una generación que sabe navegar deslizando el dedo por una pantalla, pero que naufraga ante un texto de tres páginas o un problema lógico complejo. Este vacío no es solo académico; también tiene que ver con el desarrollo de estrategias de afrontamiento. Al evitar el esfuerzo cognitivo, la juventud se vuelve vulnerable, presa fácil de la manipulación y carente de la resiliencia necesaria para el mundo real
Al final, el egoísmo necesario de este padre es como una bofetada a nuestra vida actual. Nos advierte que, mientras nos conformamos con una educación que no exige y una cultura que no nutre, estamos regalando el futuro a los pocos que aún se atreven a ser exigentes. Quizás la verdadera tragedia no es que haya padres pensando así, sino que podrían tener mucha razón.
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